La Diada de Cataluña, una fiesta privada

Llegó uno de los peores días del año, el de la Diada de Cataluña. Durante esta mañana, casi cincuenta mil personas tenderán la alfombra roja para que el COVID se pasee dichoso por ella con el rejuvenecido rostro que luce desde las últimas semanas. El disparo de salida lo dio ayer Torra en el discurso tradicional (y tradicionalista), en el que más allá de la cantinela de siempre (esto es, tildar “a España” de ser la quintaesencia del mal, plantear implícitamente las próximas elecciones autonómicas como plebiscitarias, etcétera), tuvo un recuerdo para Lluís Companys, aquel antiguo presidente de la Generalidad a quien el karma pasó factura.


Una persistencia estéril

Las limitaciones a la asistencia tranquilizarán a los organizadores, que durante los últimos años han visto como el entusiasmo de la masa independentista por este tipo de eventos ha descendido progresivamente. El entramado de partidos y chiringuitos nacionalistas trata de inyectar combustible a un proyecto de cuyo fracaso es consciente cada vez más. Habrá quien trate de rebatir esto último hablando de las últimas encuestas electorales, que siguen reflejando una ligera mayoría parlamentaria secesionista, pero no hace falta ser un experto en física para saber que la inercia, en ausencia de fricción (en este caso, un proyecto constitucionalista que pueda resultar atractivo para todos), mantiene a los cuerpos en movimiento perpetuo; muerto el optimismo que caracterizó al independentismo durante los años inmediatamente posteriores al inicio del procés, la asistencia a una manifestación les puede resultar tediosa, pero no así el depositar un sobre en una urna. La ley d’Hondt hace el resto.

Ruptura emocional con Cataluña

Por lo que a mí respecta, un pensamiento se ha vuelto recurrente en las últimas horas: el nivel de desconexión emocional que siento ya no solo con las instituciones autonómicas catalanas, sino con la propia Cataluña como concepto y con todo lo que tiene que ver con ella. El día de mañana me produce, más que indiferencia, asco. Observo como otras CC.AA celebran sus respectivos días con absoluta naturalidad, involucrando en ellos al conjunto de su población. En Cataluña, la Diada es una fiesta en la que un porcentaje de catalanes celebra su pretendida superioridad moral sobre el resto. Mi asqueamiento se ve acentuado por determinados hechos históricos, ya sean remotos, como el absurdo de reivindicar como algo exclusivo lo que no fue otra cosa que el apoyo a un determinado pretendiente a la Corona de España o, sobre todo, cercanos, como la asistencia a la primera Diada manifiestamente secesionista del partido catalán que mejor camufla su condición de nacionalista.

Goebbels como estrategia

Extiendo mi asco, como no, a la CCMA, pero también a otros ámbitos aparentemente insignificantes como la Grossa de Cap d’Any, el sorteo estrella de Loterías de Cataluña. Todo, absolutamente todo lo que emana de la Generalidad me genera rechazo, y de buen seguro se encuentra en mi tesitura un porcentaje significativo de los catalanes contrarios a la ruptura. Detrás de ello se esconde una amarga reflexión: que el origen de dicha reacción adversa se encuentra en el deseo premeditado de provocarlo por parte de los destinatarios del mismo, pues el nacionalismo busca fortalecer el catalanismo de unos mediante la debilitación del apego por lo catalán de los otros; en otras palabras, algo tan goebbeliano como cohesionar a un grupo empleando para ello que este considere al otro una amenaza para su supervivencia. Puro darwinismo social aplicado. Si el catalán no nacionalista se desvincula de los rasgos característicos de la cultura regional (como la lengua catalana), el nacionalista encontrará en ello motivos adicionales para considerar que el primero le es ajeno y, por tanto, sobra en su terruño. Pujol y sus herederos siempre han sido discípulos aventajados de Maquiavelo.

La enésima muestra de rancio etnicismo

Por si fuera poco, el 11 de septiembre de este peculiar año ha venido acompañado de un preludio a la altura de las circunstancias: el acoso y derribo por redes sociales a una trabajadora del Parlament por parte de las turbas independentistas, enfurecidas tras verla hablar en español delante de las cámaras de TV3 (?). El fanatismo se ha hecho tan presente en la cotidianidad que sucesos como este no se ven como otra cosa que el enésimo elemento de una sucesión casi infinita de acontecimientos indignantes. Nos han insensibilizado contra la vergüenza. Varios diputados de partidos nacionalistas acudieron en tromba a defender a la trabajadora; no tengo pruebas, pero tampoco dudas, de que de no conocerla personalmente habrían participado en el linchamiento. Una persona no puede ser calificada de “empática” si dicho sentimiento solo brota en esas circunstancias, y no hace falta recordar cuál es el antónimo de “empatía”.

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