El President Quim Torra.
El President Quim Torra.

El lamentable espectáculo que estamos viviendo de algaradas, cortes de vías de comunicación o quema de vehículos y contenedores están creando una honda preocupación al ver la deriva violenta que se está orquestando desde ciertos sectores, lo que nos debe hacer reflexionar.


Nuestro marino esta mañana pidió al camarero una ración doble de azúcar, el café le sabía amargo:

—Siento una profunda pena con esas imágenes violentas de destrucción y algaradas en calles, aeropuerto, vías de tren y carreteras. Me preocupan la actitud de algunos políticos dando un apoyo implícito y en otros casos explícito a lo que está ocurriendo. Aunque eso ahora ya es secundario porque la pregunta es cómo se ha ido fraguando este fenómeno, cómo se han ido envenenando esas mentes hasta llegar a este estado de irracionalidad.

Todo lo que está pasando solo se puede entender viendo el comportamiento de Torra, una persona que demuestra carecer del más mínimo sentido de la responsabilidad y lealtad institucional. Una persona con un planteamiento simplista y mitómano. Un comportamiento para un análisis psiquiátrico.

La joven profesora siguió:

—Como somos tan dados a las muletillas y a expresiones extravagantes que de repente se ponen de moda y están presentes en cualquier conversación o en las declaraciones de políticos y periodistas; ahora hemos pasado del «relato» a la «ensoñación». Y eso es lo que está ocurriendo, se han inventado un relato: «Somos un pueblo sometido» y «Somos un pueblo pacífico y democrático que busca su libertad». Aunque realmente ese relato es una ensoñación. Viven una realidad paralela, sustentada con mentiras y engaños de carácter histórico, social y económico que, martilleando desde la escuela, poco a poco, ha ido calando.

—Lo peligroso de estar provocando continuamente un supuesto sentimiento de pueblo oprimido —siguió—, es que grupos fanatizados puedan ser capaces de hacer cualquier salvajada, incluidas acciones terroristas, como se ha descubierto recientemente con un grupo de CDR. Echar gasolina, no solo no soluciona los problemas, sino que se les puede ir de las manos a esos dirigentes y que eso desemboque en algo tan grave que acabe destrozando el futuro a esos activistas. Aunque lo nieguen esa complicidad, esa exculpación de esos extremistas a esos políticos los está convirtiendo en vergonzosos cómplices. Además, con esa actitud, con esas consignas, con esa connivencia se pueden atravesar líneas rojas y acabar en algo mucho más grave. Eso es abandonar la «protesta pacífica» para adentrarse en la delincuencia.

Nuestro marino apuntó:

—Habría que revisar en manos de qué clase de indocumentados y esquizofrénicos está Cataluña. Habría que revisar cómo se gestionan los fondos públicos. Habría que revisar a qué futuro nos desembocan estas políticas. Habría que tomar medidas de gran calado, y hay motivos para ello, para reordenar todo esto. Hay una cosa en la que tienen razón estos independentistas: no corresponde a los jueces afrontar estos problemas, corresponde a los políticos, y es no tolerar que se cometan delitos y que se rían del Estado. Posiblemente ha llegado el momento de revisar unas cuantas cuestiones de fondo, obligar al cumplimiento de las leyes o tomar, sin miedo, todas las medidas que acaben con esa impunidad.

Siguió nuestra joven profesora.

—Aunque en todo esto hay muchas complicidades, sectores a los que les ha ido muy bien con el «lago dorado» del independentismo. Sectores económicos y empresariales que han estado mirando mucho tiempo para otro lado, cuando no han sido cómplices activos de toda esta deriva. Han hecho muchos negocios, han limitado la competencia por pertenecer a la pomada y estando cercanos al poder. O la inconsecuente deriva de unos sindicatos de izquierda que han perdido los principios socialistas para aferrarse a los independentistas. Todos cómplices y colaboradores necesarios para favorecer este Procés y encubriendo, indirectamente, la comisión de delitos.  

Nuestro viejo marino no pudo contenerse:

—Este Torra es cómico, es el dueño de la gasolina y tiene al gasolinero independentista, Joan Canadell que se la puede facilitar. Por otro lado, tiene a sus niños de la CDR dispuestos a prender fuego. Para rematar la esquizofrenia se supone que es el bombero que tiene que apagarla. ¡Cuánta incongruencia! Nos levantamos de la mesa con la amargura de ver lo que ha venido ocurriendo en calles, carreteras o aeropuerto y la sensación de que estamos en una sociedad que parece haber perdido el rumbo.

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