Plaza de toros de Barcelona (España)
Plaza de toros de Barcelona (España)

Cataluña fue la primera región de España donde celebraron de manera recurrente corridas de toros, de hecho, plaza de toros de Olot es la segunda más antigua de España. En el siglo XIX se convirtió en un espectáculo de masas. La afición catalana era tan arraigada que Barcelona fue entre 1914 y 1923 la única ciudad española con tres plazas de toros funcionando al mismo tiempo: Plaza Sport (La Monumental), El Torín y Las Arenas. Hoy hablaremos de esta última: la plaza de toros de Barcelona Las Arenas.

Plaza de toros de Barcelona Las Arenas ayer y hoy
Plaza de toros de Barcelona Las Arenas ayer y hoy

Inauguración de la tercera plaza de toros de Barcelona

Las fotografías de la época no permiten engaño alguno. La plaza de toros de Las Arenas lucía resplandeciente, como si se tratase de un santuario desde el que la ciudad se dirigiera a los barceloneses. Era el 29 de junio de 1900. Una multitud colapsó los accesos con innumerables carruajes de caballos y algún que otro avezado conductor dispuesto a dejarse el rudimentario motor de su vehículo con tal de no perderse la puesta de largo de una plaza que despertó admiración en los albores del siglo XX. A la plaza de España le quedaban todavía unos cuantos años para adquirir la fisonomía que tiene hoy y la imagen del nuevo templo de la tauromaquia, Las Arenas de Barcelona, se convertía en un referente arquitectónico clave en una de las entradas a la capital catalana. Los casi 15.000 barceloneses que tuvieron la oportunidad de abarrotar los tendidos del nuevo coso admiraron la construcción neoárabe proyectada por el arquitecto Augusto Font.

Inauguración de Las Arenas de Barcelona
Inauguración de Las Arenas de Barcelona

Eran tiempos de grandes diferencias entre la población. La ciudad se recuperaba de un agitado y convulso siglo XIX, años de fuertes tensiones con el poder central, de los bombardeos del general Espartero y de las consecuencias por la pérdida de las últimas plazas coloniales de Cuba, Puerto Rico, Filipinas y Guam, alejadas de la soberanía nacional hacía apenas dos años. Pese a todo, el proceso de industrialización tenía en Barcelona y en Cataluña el epicentro de su fortaleza en España y la burguesía barcelonesa vivía momentos de cierto esplendor. La capital catalana evidenciaba una importante cifra de habitantes, rebasando el medio millón de personas (539.000). La emigración del resto de España hacia Cataluña empezaba a ser una evidencia, la ciudad crecía y también el ocio para quien se lo podía permitir. La vetusta plaza de toros de la Barceloneta, El Torín, se había quedado obsoleta. El Torín era una plaza con un aforo para 12.000 personas fundada en 1834.

Cartel inaugural de la plaza de toros de Barcelona Las Arenas en 1900
Cartel inaugural de la plaza de toros de Barcelona Las Arenas en 1900

El ocio en Barcelona y los primeros años

Las Arenas se proyectó para 15.000 espectadores pero, además de su capacidad, era una plaza con apariencia de gran recinto. Los toros eran una de las grandes diversiones de la época. El fútbol recién empezaba a interesar a unos pocos aficionados. El Barça se había fundado hacía menos de un año por el deseo de Hans Gamper, un suizo afincado en Barcelona, y el Español se constituiría en el mismo 1900. Sin embargo, la plaza de toros era uno de los centros neurálgicos de la ciudad, quizás el que mayor número de personas podía aglutinar y Barcelona pudo comprobarlo con Las Arenas en numerosas ocasiones, aunque no era un fenómeno nuevo. En El Torín se celebró una corrida en 1835, un año después de su inauguración, que no gustó nada al respetable. La gente, enfadada, marchó hasta las Ramblas y una vez allí apedreó los diversos conventos de la zona convirtiendo la protesta en una auténtica batalla campal que acabó con la vida de diez frailes.

Interior de la plaza de toros de Barcelona Las Arenas
Interior de la plaza de toros de Barcelona Las Arenas

En Las Arenas no se vivió una situación similar pero ese coso que se inauguró el 29 de junio de 1900 fue testigo de numerosos avatares de la ciudadanía hasta que en 1977 hincó la rodilla. La luminosa tarde de la inauguración, a las cuatro de la tarde, ver al gran Luis Mazzantini, a Conejito y a Antonio Montes valía en un tendido de sol 2,15 pesetas. Lucir palmito, sombrero y habano en ristre, en la mejor barrera de sombra alcanzaba la nada despreciable cantidad de 7,6 pesetas. Ocho toros de Veragua (dos de ellos para los rejoneadores Ledesma y Grañé) hicieron las delicias de la afición y de la empresa.

Vista aérea de la plaza de toros de Barcelona Las Arenas
Vista aérea de la plaza de toros de Barcelona Las Arenas

Julio Marial Tey: el constructor del palacio taurino

Un hombre fue ese día especialmente feliz. Julio Marial Tey había comprado los terrenos donde se iba a erigir el nuevo palacio de la tauromaquia en la ciudad y pagó la friolera de 879.920 pesetas. «Es una de las obras que he hecho por Barcelona», decía ufano Marial, según recordaba su nieta, Alicia Marial Willotte, que falleció el 14 de octubre del 2010, un día antes de cumplir los 93 años. Julio Marial arriesgó su dinero pero la operación le salió muy bien. Las obras de la plaza costaron 780.000 pesetas pero el recinto gozó siempre del favor del público. Julio Marial era un reconocido constructor de la época, un tipo de carácter que en una ocasión «ante el molesto y persistente silbido de un señor en la plaza la emprendió con él a trompazos», recordaba su nieta, una mujer de la burguesía catalana que a la exquisita formación recibida (hablaba a la perfección inglés y francés) unió una notable fortaleza de carácter para salir adelante cuando enviudó en 1952.

El constructor Marial fue conocido por levantar Las Arenas pero su empresa se encargó años antes del Arco de Triunfo, del Palau de les Heures, del pantano de Flix, de la reconstrucción del edificio que durante tantos decenios albergó a La Vanguardia, en Pelai, 28, y también del mítico Hotel Oriente, en La Rambla, el Teatro Principal y el Teatro Nuevo, en el Parallel. Alicia Marial tenía debilidad por su abuelo, que falleció cuando ella tenía doce años. «Le gustaba conducir un imponente Hispano Suiza con el que nos paseaba a mi hermano y a mi los domingos. Con el buen tiempo, veraneábamos en Caldetes y la sirvienta cuando veía la columna de polvo que levantaba el Hispano Suiza a la altura de Mataró ya echaba el agua al arroz». Julio Marial, que llegó a ser primer teniente de alcalde y alcalde accidental de Barcelona, vendió años más tarde Las Arenas a la familia Marsans.

Sangre en el coso y el auge del Parallel

Cartel del domingo 7 de octubre de 1900 donde murió el torero Dominguín
Cartel del domingo 7 de octubre de 1900 donde murió el torero Dominguín

La nueva plaza contenta a los ciudadanos que, pocos meses después de su inauguración, asisten a la primera cogida mortal que se dio en Las Arenas. El festejo tuvo lugar el 7 de octubre y era el último de una exitosa temporada. La corrida se programó, y así constó especialmente en el cartel anunciador, como un homenaje a la afición. Por ello, la empresa organizó un mano a mano entre El Algabeño y Dominguín con toros de la siempre todopoderosa ganadería de Miura. El toro, Desertor de nombre, se enfrascó en la segunda vara pero en lugar de recargar en su acometida huyó al notar el acero de la puya en la dirección donde aguardaba Dominguín para realizar un quite. El lance fue rapidísimo, tanto que al espada no le dio tiempo ni de desplegar el capote. El Miura atacó la ingle izquierda de Dominguín y le partió la safena con una cornada de 17 centímetros de profundidad. Los Miura bautizaron Las Arenas con sangre y siguieron con su temida reputación. Los toros de dicha ganadería se cobran vidas de toreros desde 1835. Manolete, uno de los grandes toreros de la historia, en 1947, con un cornalón de Islero, fue su víctima más mediática.

Contrato de Emilio Torres, Bombita, con la plaza de toros de Barcelona
Contrato de Emilio Torres, Bombita, con la plaza de toros de Barcelona

Los toros eran media vida en el ocio de la ciudad. El mismo año de la inauguración de Las Arenas, Barcelona da la bienvenida al Teatro Delicias, que con los años se convertiría en el afamado Talía, en el Parallel. El futuro Broadway barcelonés cobra mayor empaque con la inauguración en 1901 del Teatro Nuevo. En pocos años van apareciendo más salas que convertirán el Parallel en la zona de espectáculos con mayor densidad de teatros de la ciudad. En un decenio nace el Onofri (que luego sería el Condal), el Apolo, el Cómico, el Arnau (que en 1911 vivió el debut de Raquel Meller) y el Molino (que antes había sido una sala de fiestas denominada La Pajarera Catalana).

El Turó Park y el Saturno Park, en la Ciutadella, eran dos pulmones para los ciudadanos, que también se divertían en la barraca de las Drassanes, donde se proyectaron las primeras películas de cine en la ciudad, en el animado Teatro Principal de Las Ramblas y en La Punyalada, la taberna bohemia del paseo de Gracia que no entendía de normas horarias para cerrar. Ni el aviso del sol podía con ella. Mientras tanto, en Els Quatre Gats la intelectualidad debatía todo lo debatible con alcohol encima de la mesa y Barcelona vivía un esplendor cultural con pintores, escritores y músicos. Entre ellos, un joven Picasso que acababa de inaugurar su primera exposición en la capital catalana.

Ágora política y respuesta popular

La importancia de Las Arenas empezó a darle renombre en los círculos taurinos, aunque ya despertaban las voces, minoritarias en la época, antitaurinas. El Doctor Robert, que fue alcalde de la ciudad, protagonizó un alegato en contra de la agresiva fiesta de los toros en el Teatro Principal. Dicha sensibilidad no prosperó y la plaza, lejos de alejar a la gente, la atraía como si un poderoso imán se escondiera bajo sus tendidos; y no solamente por la calidad de sus festejos taurinos sino como epicentro de la vida ciudadana.

Plano de la planta de la plaza de toros de Barcelona Las Arenas
Plano de la planta de la plaza de toros de Barcelona Las Arenas

En 1906 se produjo la primera gran demostración. La viñeta antimilitarista de Joan Junceda en la revista satírica Cu-Cut provocó una reacción del ejército sin precedentes. Un grupo de militares asaltó la redacción de dicha revista catalanista y en el Parlamento se aprobó la famosa Ley de jurisdicciones, impulsada por el presidente Segismundo Moret y por el ministro de Gobernación, el Conde de Romanones. La ley colocaba en el plano de la justicia militar cualquier presunto delito a la patria, al Ejército, a la bandera, etc. La decisión del congreso levantó una inusitada polvareda en el mundo de la intelectualidad, con Miguel de Unamuno a la cabeza, pero pese a ello se aprobó y perduró desde 1906 hasta que Manuel Azaña, recién proclamada la II República, la derogó. Esta situación provocó grandes enfados en Cataluña. La mayor parte de la clase política se colocó en torno a la agrupación Solidaritat Catalana y en Barcelona se produjo una respuesta popular a la ley, que abarrotó la plaza de Las Arenas.

Unas 20.000 personas, según las crónicas de la época, se agolparon en los tendidos y en el ruedo del nuevo coso barcelonés para apoyar la unión de los políticos catalanes y proferir todo tipo de descalificaciones hacia una ley que ponía gravemente en peligro la libertad de expresión, así como una inquietante dependencia a la forma de entender la vida desde la óptica militar.

Obras de la plaza de toros Las Arenas de Barcelona
Obras de la plaza de toros Las Arenas de Barcelona

El duelo de titanes: Joselito y Belmonte

Las Arenas se convierte en un ágora popular pero, por supuesto, no olvida su cometido principal: ser un teatro de los sueños para los entonces mayoritarios amantes de la tauromaquia. Por esa plaza desfilan los grandes diestros de la época, toreros de enjundia, habituados a lidiar con reses peligrosas y además, el toreo estaba viviendo una transformación profunda. Empiezan a tomar cuerpo las faenas que ligan diversos pases, a mandar más en la arena, a dominar más al animal. En Las Arenas, Machaquito, en 1913, logra ligar tres naturales seguidos. Rafael El Gallo, el autor de la famosa frase «más cornás da el hambre», se atreve a ligar cinco naturales toreando en redondo en el mismo coso barcelonés. Los tendidos se vuelven locos, y más que iban a volverse en Barcelona y en toda España cuando a partir de 1914 y durante seis años, se inicia uno de los grandes duelos de la historia de la tauromaquia que, por supuesto, dejaron una impronta indeleble en la capital catalana. Es difícil hallar un duelo de titanes tan mágico como el que protagonizaron Joselito (de la familia de los Gallo) y Juan Belmonte.

Un gran anuncio de Tio Pepe de Gonzalez Byass dio la bienvenida a los toreros catalanes durante muchos años
Un gran anuncio de Tio Pepe de Gonzalez Byass dio la bienvenida a los toreros catalanes durante muchos años

El primero incorporó a la ortodoxia taurina el toreo en redondo, la ligazón, unido a unas facultades físicas descomunales. Era el tipo apuesto de la fiesta. En cambio, la puesta en escena de Belmonte era la de un torero valiente, audaz pero con una carga de dramatismo absoluta. Belmonte, cuyo físico no tenía las condiciones de Joselito, revolucionó el toreo con una lidia menos atlética y mucho más profunda. El Pasmo de Triana fue su apodo. Sus zapatillas no se apartaban de la arena con facilidad y su estilo, temerario para muchos, suicida para otros, tenía siempre un denominador común: embraguetarse con el toro de tal modo que entre el cuerpo del diestro andaluz y el animal no penetrase ni una brizna de aire.

El duelo salvaje de estos dos diestros, que eran amigos pese a la competencia, finalizó en 1920 cuando en Talavera de la Reina Bailaor, un toro burriciego, acabó con la vida de Gallito. Belmonte seguiría triunfando pero se había quedado sin su razón de ser.

Tensiones sociales y el «Noi del Sucre»

Un año antes de que Barcelona y España entera se quedaran sin la presencia del torero que nadie pensó que pudiera morir en la arena, por sus condiciones atléticas, Las Arenas vivió otro episodio ciudadano de primera magnitud. La burguesía de la ciudad disfrutaba de las posibilidades de negocio que ofreciía pertenecer a un país que no estaba involucrado en la Primera Guerra Mundial pero, al mismo tiempo, los conflictos entre patronos y trabajadores alcanzaban cada día puntos de máxima tensión. Uno de ellos se vivió con la huelga de La Canadiense, una empresa eléctrica que se encargaba del suministro a buena parte de la capital catalana.

La empresa decidió despedir a unos trabajadores y esa acción provocó una huelga de la plantilla que acabó contagiando a otras compañías eléctricas y de servicios esenciales como el gas y el agua. La fuerza del obrerismo, creciente en Barcelona con la fortaleza del anarcosindicalismo, obtuvo una respuesta contundente. La ciudad se quedó 45 días sin suministro, con problemas para la población y muchas dificultades para la industria que entonces ocupaba el núcleo urbano. La propiedad de La Canadiense recapacitó y se dio marcha atrás con los despidos. Pero los ánimos seguían crispados. La crisis se cobró una víctima, el presidente del Gobierno, el Conde de Romanones, y determinados colectivos obreros abogaban, pese a la solución, seguir adelante con más protestas. Salvador Seguí, líder del anarcosindicalismo, conocido como El Noi del Sucre, se encerró en Las Arenas con 15.000 personas para informar de la situación y evitar que el conflicto se enquistara. Fue un orador de primer nivel y uno de los dirigentes destacados de la lucha obrerista. Seguí convenció a quienes le escucharon en Las Arenas pero tenía una larga lista de enemigos. Cuatro años después, en plena escalada del pistolerismo en Barcelona, unos sicarios del sindicato blanco de la patronal le abatieron en el Raval.

La edad de oro del boxeo y las tres plazas

Con ese clima de tensión en la calle, los años 20 se vivieron intensamente. Por ello, los momentos de ocio eran aprovechados con entusiasmo. Otra de las válvulas de escape de la población, además de los toros, fue el boxeo. El fútbol ya encandilaba a la gente. Los aficionados tenían a sus primeros ídolos, Zamora, Samitier, Alcántara…, pero el deporte de masas era el boxeo. Las Arenas, pese a que la ciudad contaba desde 1916 con una tercera plaza, la mayor y más importante, La Monumental, mantenía su idilio con la ciudad.

De hecho, era el coso más céntrico y en él se disputaron inolvidables veladas de boxeo. Los barceloneses pudieron disfrutar de lo lindo con el campeonato de Europa que logró Josep Gironés, el gran boxeador catalán de antes de la guerra, en 1929. Gironés se coronó en el peso pluma, y también con el primer título europeo del toro vasco, Paulino Uzcudun. Y con las gestas de Carles Flix, también campeón de Europa. Toda Barcelona programa veladas de boxeo pero Las Arenas se convierte en un escenario especial antes de la guerra. Tras la contienda se siguieron celebrando veladas pero ya nunca hubo la emoción que habían propiciado los grandes campeones locales. Gironés, el crack de Gràcia, fue escolta del genocida de Lluís Companys y tras la Guerra Civil se exilió a México. Barcelona se convertía en la ciudad europea con mayor importancia pugilística y en la única ciudad española con tres plazas de toros en activo. Ese título lo mantuvo entre 1914, cuando se inauguró la plaza Sport (reconvertida en La Monumental, en 1916), y 1923, año en el que se acabaron los festejos en El Torín de la Barceloneta. Madrid y Sevilla eran puntos importantes en la tauromaquia pero Barcelona era la ciudad que ofreció más y mejores corridas, llenaba las tres plazas mientras coincidieron y su pedigrí en el mundo taurino crecía como la espuma. Ahora puede parecer anecdótico, pero que tres cosos funcionen al mismo tiempo con carteles de gran categoría es algo que ninguna ciudad del mundo ha conseguido nunca.

La llegada de Pedro Balañá Espinós

El germen de la importancia de Barcelona en el planeta del toro ya había tomado cuerpo pero en 1927 apareció en escena, o mejor dicho en el ruedo, una figura clave que disparará sus negocios con una capacidad creativa descomunal y también el nombre de Barcelona por todo el mundo. Pedro Balañá Espinós se dedicaba al negocio de la carne. El matadero de la ciudad se hallaba a la espalda de la plaza de Las Arenas, el enorme espacio que ocupa ahora el Parc de l’Escorxador. Pese a los éxitos de público y cartel que ofrecían Las Arenas y La Monumental (El Torín dejó de programar corridas en 1923), la gestión empresarial era entonces deficiente. «En dos años se había acumulado una pérdida de cinco millones de pesetas y se buscaba empresa, sin éxito. En ese instante mi padre se ofreció. El marqués de Olérdola, su abogado, que llegó a ser alcalde, le dijo ‘¿y tú qué sabes de toros?’ y mi padre le contestó ‘pues nada, pero administraré mejor’». Quien rememora ese episodio es Pedro Balañá Forts, su hijo y actual presidente del Grupo Balañá, una gran empresa en Barcelona en el mundo del espectáculo que gestiona más de cuarenta salas, cinco teatros, amén de numerosas propiedades y el negocio taurino. En la cúpula de dicho grupo también figuran los nietos del fundador, Pedro Balañá Mumbrú y su hermana María José. Balañá Espinós llegó al escaparate de la ciudad y se convirtió en un torbellino. Impulsó y gestionó el mundo del toreo en Barcelona y en otras muchas ciudades españolas y tejió una sólida red de salas de cine y teatros que convirtieron a los Balañá en una de las familias más influyentes de la ciudad.

Construcción de la plaza de toros de Las Arenas de Barcelona
Construcción de la plaza de toros de Las Arenas de Barcelona

El acuerdo mediante el cual Pedro Balañá se hacía cargo de las plazas de toros de Barcelona en 1927 era el siguiente: no ostentaba la propiedad de ninguna de las tres plazas pero sí su gestión. Por La Monumental debía abonar anualmente 200.000 pesetas; 100.000 por Las Arenas y 50.000 por El Torín. «Mi padre quiso controlar también el Torín, que ya no ofrecía corridas, para evitar cualquier tipo de competencia en el futuro. Por el Torín pagaba pero se utilizaba como almacén», dice Balañá Forts, que recuerda haber acompañado a su padre a la plaza desde que era un niño. El reto para el nuevo empresario taurino de la ciudad era enorme. No conocía el negocio pero se conocía a sí mismo y sabía que el cóctel de la imaginación y la valentía en una época con pocos emprendedores era un trago de inmejorable sabor. Además, «el contrato que firmó le permitía utilizar las dos plazas para otros fines que no fueran exclusivamente taurinos. Por ello, se programó desde boxeo a otras muchas actividades».

Transformación urbana y leyendas urbanas

Las Arenas adquirió todavía mayor empaque dentro de la ciudad con la reforma que se programó en la plaza de España a raíz de la Exposición Universal de 1929. La fisonomía cambió. Se instaló la gran fuente que corona en la actualidad el enclave para darle brillo a una plaza que era el arranque de un eje mágico que llegaba hasta el Palacio Nacional. Una avenida de luz y de color, kilómetro cero del certamen ferial que transportó el nombre de la ciudad por todo el mundo. La urbanización de la zona provocó algunos cambios incluso dentro del recinto de Las Arenas. En medio de la plaza había un popular bar, el Nas de Punta, que al ser instalada la fuente de Josep Maria Jujol fue desplazado hasta el interior de la plaza taurina.

Las Arenas no era un coso tan grande como La Monumental pero tenía mucho sabor. Incluso, algunas dependencias eran más desahogadas que las de la plaza de la calle Marina. Por ejemplo, la enfermería.

Fachada de Las Arenas de Barcelona
Fachada de Las Arenas de Barcelona

Más allá de los carteles y de las actividades no taurinas, el público había consolidado su afluencia a Las Arenas porque era la plaza más céntrica de la ciudad, hasta ese momento. Lejos quedaban ya aquellos tiempos en los que esa misma zona, unos andurriales conocidos como la Creu Coberta, servían de escenario de ejecuciones de delincuentes. Cuando la plaza de España no existía y era un descampado en los primeros años de Las Arenas, despertó todo tipo de especulaciones entre los vecinos. Era una de las entradas a la ciudad y muchos recién casados llegaban en diligencia para hospedarse en alguno de los hostales del vecino barrio de Hostafrancs. Se decía que las novias debían pasear con mucho cuidado porque en los aledaños de la plaza se habían producido múltiples desapariciones. El rumor popular relacionaba dichos sucesos con la trata de blancas.

Periodo bélico y la corrida de La Victoria

Alejada ya de rumores, Las Arenas encaraba los años 30 con el vigor que le proporcionó a sus carteles y a su administración Pedro Balañá. Y eso que en esos primeros años de gestión de la plaza sobrevino la Guerra Civil. De todos modos, «al principio del conflicto bélico la actividad en la plaza no fue menor. La gente no se iba de la ciudad y los toros eran uno de los pocos respiros para el ciudadano. La verdad es que, para los que administraron la plaza en ese periodo, se registraron muy buenas taquillas», rememora Balañá Forts. Eso sí, durante un periodo de tiempo mientras duró la contienda Las Arenas sirvió de cuartel para militares republicanos. Aquí dio un discurso Lluís Companys antes de la quema de la iglesia de San Esteban de Granollers.

Enfermería de la plaza de toros
Enfermería de la plaza de toros

La guerra estaba a punto de finalizar y Pedro Balañá no quería perder comba en la organización de festejos taurinos. Se propuso programar una corrida para el 2 de abril de 1939, bautizada con el nombre de Corrida de La Victoria, la primera de las muchas corridas de la victoria que se irían celebrando en muchas plazas españolas en los meses siguientes a la finalización de la Guerra Civil. Con visión de futuro, Balañá quiso ser el primero y encargó los carteles de la corrida veinte días antes de su celebración. «Oiga, Balañá, pero ¿cómo se ha atrevido a imprimir el cartel de la corrida si la guerra todavía no ha acabado?», le dijeron las autoridades franquistas al empresario. «Es cierto, no ha acabado pero ese día ya lo habrá hecho», contestó Balañá. El vaticinio fue cierto por apenas un día —la guerra acabó el 1 de abril— y al día siguiente la plaza se llenó para ver a Marcial Lalanda, Victoriano de la Serna y Pepe Bienvenida. Lalanda fue uno de los diestros de prestigio de la época. Torero que aplaudió el golpe militar de 1936 —eran públicas sus diferencias con la República— exhibió en el ruedo grandes dotes de lidiador con el capote. En Barcelona, en agosto de 1929, sacudió a la ciudad con una exhibición sin parangón: realizarle a los seis astados de doña Enriqueta de la Cova, con los que se encerró, hasta 21 quites diferentes con el capote.

Alzado de la plaza de toros
Alzado de la plaza de toros

La relación de toreros con la política no ha sido inferior a la de otros artistas. En este sentido, y aunque nunca destacó por partidismos, es curiosa la anécdota que protagonizó Juan Belmonte tras la Guerra Civil. Belmonte, el genio del toreo moderno, el hombre que tras la exclamación de Ramón María del Valle-Inclán de que a él sólo le faltaba morir en la plaza, le contestó «todo se andará», se retiró en 1936 y ya no quiso torear después de la guerra. De todos modos, en un festival benéfico que se celebró en Huelva, Belmonte acudió con un amigo. En la presidencia de la plaza destacaba la figura del recién nombrado gobernador civil, Joaquín Miranda, que había sido banderillero del Pasmo de Triana. «¿Don Juan, es cierto que el gobernador había sido banderillero suyo?», le preguntó el amigo a Belmonte, quien asintió sin más. «Don Juan, ¿y cómo se consigue pasar de banderillero de Belmonte a gobernador civil?», inquirió de nuevo el amigo. «¿Pues cómo va a ser?», respondió de cuajo Belmonte: «degenerando, degenerando».

La era de Manolete y el Ciclón Arruza

Empieza la dura posguerra para los ciudadanos y, de nuevo, los toros y ahora sí ya el fútbol, se convierten en los únicos alicientes para una población que ha sufrido tres años de lucha fratricida. Sobre la arena de las plazas la cabaña brava sigue siendo brava, sigue embistiendo con codicia pero con un trapío menor. Las dificultades de la guerra también se hicieron notar en la ganadería. En ese escenario un diestro refulge con luz propia: Manolete. Para hablar de Manuel Rodríguez Sánchez, Manolete, hay que ponerse de pie. Si Joselito y Belmonte dieron un salto fundamental para el toreo en el arranque del siglo, Manolete aunó el avance de esos maestros y ofreció al respetable un toreo profundo, vertical, que permanecería para siempre en el ADN de la tauromaquia. Manolete, que tomó la alternativa en La Maestranza y se confirmó como matador en Las Ventas, tuvo en Las Arenas y La Monumental sus dos plazas de cabecera. Barcelona fue la ciudad que más veces vio vestir de luces al Monstruo de Córdoba, el diestro de la mirada triste y el rostro enjuto, una especie de premonición de la seriedad que desarrolló en el ruedo y de la tragedia que le esperaría el 28 de agosto de 1947 en Linares.

Pedro Balañá aprovechó perfectamente su situación ya de dominio en el panorama taurino nacional y entendió que la afición de Barcelona, que seguía siendo entendida y numerosa tras la guerra, necesitaba ver con frecuencia a la figura del momento y a uno de los mejores de la historia. Balañá, además, sabía lo importante que era para la afición que las faenas no fueran meros monólogos del mejor. Quiso hallar la fórmula para fomentar la competencia, al estilo de lo que ocurrió decenios antes entre Joselito y Belmonte. Y halló a su otro mirlo blanco: el mexicano Carlos Arruza.

El Ciclón, así se apodaba el diestro mexicano, era hijo de padres españoles y sobrino del poeta León Felipe. En los ruedos de España, y Las Arenas no fue una excepción, la gente se entusiasmaba en los tendidos con el dominio de la muleta de ambos matadores. Son años de escasez en la mesa pero de inmenso regocijo taurino, especialmente con ese torero flaco que hiela la sangre del respetable con sus faenas y esas ajustadas manoletinas que él inventó. Manolete ya había pisado Las Arenas con un espectáculo de toreo cómico (Los Califas de Córdoba), en el que el diestro cordobés realizaba la parte seria del espectáculo, en 1935.

La pareja ManoleteArruza enloquecía a los barceloneses pero se truncó trágicamente en 1947. Manolete, que por aquel entonces mantenía un controvertido romance con la actriz Lupe Sino, toreó la tarde del 28 de agosto en Linares, alternando con Luis Miguel Dominguín —uno de los que trataba de desbancarlo de su escalafón en los ruedos— y con Gitanillo de Triana. Sus alternantes habían cortado una oreja cada uno en su primer toro y en cambio Manolete no había tenido su tarde. Cuando el diestro de Córdoba se disponía a enfrentarse con el quinto toro, un miura de nombre Islero, una parte de los tendidos la emprendió con Manolete. Toreó y bordó la faena. Y entró a matar, muy lentamente, blandiendo el acero con parsimonia, y en el lance Islero empitonó a Manolete destrozándole el triángulo de Scarpa. La madrugada siguiente el torero falleció y España entera lloró la pérdida del hijo de doña Angustias.

Los años 50: Kubala y el fenómeno Chamaco

Con la llegada de los años 50, el fútbol ya disputa a los toros la supremacía del ocio ciudadano. Ladislao Kubala aterriza en Barcelona y le faltó muy poco tiempo para emborrachar a los aficionados azulgrana con su arte y poderío. Un coloso rubio húngaro conquistaría con su tesón y técnica a los seguidores del Barça, logrando por primera vez que hasta las mujeres se interesaran entonces por el que acabaría siendo el deporte rey. ¿Y en Las Arenas, y también en La Monumental, qué pasaba? Pues que el toreo también tuvo a su Kubala entre la afición barcelonesa. Ese fue Antonio Borrero, Chamaco. «Debutó en Barcelona el 7 de marzo de 1954. Lo hizo bien. El 1 de julio agotó el papel y mi padre le hizo repetir cartel el 4, 8, 9, 10, 15 y 16 de julio. Fue una locura», recuerda Pedro Balañá. ¿Qué tenía Chamaco para enloquecer a la gente de ese modo? No fue un torero de pellizco, salpicado por el duende del arte, pero fue muy valeroso y ocupaba unos terrenos reservados para el toro. Su toreo contagió al aficionado y Balañá, a diferencia de lo que ocurre ahora en cualquier plaza, le apalabraba corridas una tras otra.

Pedro Balañá Espinós fue un hombre rápido de reflejos. En la misma corrida que Chamaco toreaba, y era aclamado por la afición, Balañá sacaba entre toro y toro a un empleado a la plaza con una pizarra en la que se anunciaba: «El domingo, Chamaco y dos más». No era una época dotada de los avances comunicativos de la actualidad. La radio y la prensa eran los únicos canales. Ni Facebook, ni Twitter, ni blogs ni nada de nada. La pizarra de Balañá era la biblia. Y el domingo, o el día que fuera —porque por aquel entonces había festejos varios días a la semana— toreaban Chamaco y dos más. El mismo año de su debut cumplió con 24 actuaciones entre Las Arenas y La Monumental. Y a gran ritmo siguió hasta que se retiró definitivamente en 1967.

Plaza de España de Barcelona en el año 2000
Plaza de España de Barcelona en el año 2000

Joaquín Bernadó: la elegancia de la seda

Pero si Chamaco volvía loca a la gente como Kubala, un chaval nacido en Santa Coloma de Gramenet que vivía en el barrio chino era el equivalente a Luis Suárez. Joaquín Bernadó era un dandy vestido de luces, con un capote y una muleta de seda. Si Chamaco encendía los tendidos con su ardor valiente, Bernadó despertaba largos olés de admiración por su afinada torería. Balañá halló en ellos otra pareja perfecta para que la afición no decayera. Bernadó, además, debutó tres días antes que Chamaco como novillero. «Fue el 4 de marzo de 1954 en Las Arenas, una plaza más pequeña que la Monumental pero que a mí me gustaba más. Era más torera». El diestro de Santa Coloma, que a lo largo de su carrera se le conoció como el torero catalán, dirige en la actualidad la escuela taurina de Madrid, ciudad en la que vive desde hace décadas. Su debut ya apuntó las bases de lo que iba a despertar Bernadó en el mundo del toreo. «En el tercer novillo di tres vueltas al ruedo porque el presidente no me concedió la oreja y la gente no hacía más que pedirme que siguiera dando vueltas».

Joaquín Bernadó triunfó en su carrera y mantuvo innumerables duelos taurinos con Chamaco. La predilección de Las Arenas le viene a Bernadó desde que era un niño. «A mí no me gustaba el fútbol. Mi pasión eran los toros y me pasaba muchísimas horas en el patio de caballos de la plaza viendo el ambiente. Después, ya matador, si triunfabas se repetía muchas veces y convivías mucho con el público. Toreabas compartiendo mucha vida en la ciudad, ibas al teatro, a espectáculos y la gente era mucho más cercana», recuerda el diestro. Los triunfos, de todos modos, no le evitaron críticas en Barcelona a Bernadó. «Como me fui a vivir a Madrid me lo tenían en cuenta», recuerda con claridad. Para él, la vida taurina de Las Arenas y de La Monumental era la más importante de España. «Barcelona taurinamente era lo más. Madrid refrendaba los triunfos pero Barcelona gozaba de más y mejores carteles». Aquellos recuerdos, aquellos días de vino y rosas, se ven ahora empañados por la prohibición de celebrar festejos taurinos en Cataluña a partir del 2012. «Eso me ha quitado las ganas de ir a Barcelona. Me da mucha pena y sólo recuerdo a los políticos que ahora reniegan de ser taurinos y que un día lo fueron». Es la palabra de un torero de la casa. Y el que más veces ha toreado en Barcelona en toda la historia: 250 tardes. Casi nada.

Casa Leopoldo y el calor del coso

El ambiente popular de Las Arenas caló entre los aficionados. Rosa Gil es un ejemplo. La propietaria del restaurante Casa Leopoldo de Barcelona, un clásico de la ciudad, procede de una familia de clara relación taurina. Su padre no pasó de novillero pero fue conocido por todos como El Exquisito, debido a sus maneras elegantes de entender la tauromaquia. «Desde siempre he tenido el recuerdo de ir a las dos plazas. El abono de la familia se podía utilizar tanto para Las Arenas como para la Monumental. Íbamos mi abuelo, mi padre, mi tía, algunos primos y yo. Esa era la cuadrilla habitual y al acabar nos íbamos volando al restaurante, a trabajar». Rosa Gil, cuyo marido, José Falcón, fue el último torero que ha fallecido en un coso barcelonés, en 1974, ha vivido el toreo intensamente. «Las Arenas para nosotros era también una plaza muy especial. Había un calor taurino diferente. Todos estábamos muy próximos».

Por Las Arenas a partir de los años 50 siguieron pasando, como había ocurrido antes, las principales figuras del toreo, los más artísticos, los más famosos, los tremendistas. Todo pasaba por Barcelona. Incluso los diestros locales. Antes de que se profesaran los éxitos de Joaquín Bernadó, otro torero catalán había cautivado a los tendidos con su destreza aunque su fama posterior se relacionara más con la crónica rosa que con su calidad lidiadora. Se trata de Mario Cabré. Torero, actor, galán, seductor, el hombre del que siempre se dijo que mantuvo algo más que una amistad con una de las mujeres más bellas del cine, Ava Gardner. «Cabré era un torero magnífico», apostilla Pedro Balañá Forts. Y polifacético. En una ocasión, el 5 de octubre de 1958, para ser exactos, Cabré toreó en Las Arenas por la tarde y unas horas más tarde interpretaba en el teatro el papel de Don Juan Tenorio. «Era un tipo sensacional. Yo recuerdo haber ido con mi familia a verle al teatro después de torear. Y además, el primer infarto que sufrió le sobrevino mientras interpretaba Terra Baixa», recuerda Bernadó.

El declive de los 70 y el último paseíllo

Centro Comercial Las Arenas en mayo de 2004
Centro Comercial Las Arenas en mayo de 2004

Las Arenas encaró los años 70 con menor intensidad. Su esplendor del pasado empezó a resentirse aunque todavía guardaba anécdotas para la ciudad. Como la que ocurrió en 1971 en una novillada. La res, saltarina, alcanzó los tendidos y de ahí escapó de la plaza. «El novillo agarró la carretera de Sants, siguió por la calle Galileo, cruzó la Diagonal hasta llegar a lo que ahora es el restaurante Tres Molinos, que en aquella época se llamaba Budapest, y retrocedió hasta alcanzar la zona en la que en la actualidad se erige el hotel Juan Carlos I. Ahí fue donde la policía mató al novillo, que milagrosamente no había herido a nadie», rememora Balañá.

Y llegó 1977. 9 de junio de 1977. Tres novilleros se disponen a iniciar el paseíllo sabiendo que será la última vez que la plaza se engalane y que capotes y muletas acompasen la embestida animal. José Manuel Dominguín, Armillita Chico y Tomás Campuzano tuvieron el honor de participar del último festejo. «Fue una sensación extraña. Yo debutaba como novillero en España en una plaza que sabía que nunca más iba a tener corridas. Me gustó el coso e inició para mí una relación con Barcelona que siempre mantuve». Quien así habla es Miguel Espinosa, Armillita Chico. Hijo del gran Armillita Chico que toreó con los grandes en los años 30 en España.

Con la transición Las Arenas echó el cerrojo taurino. Ahora, 111 años después de su inauguración, le espera otra vida de servicio ciudadano. Sin olés pero con el recuerdo de un pasado tan profundo como un natural de ensueño.

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