En este artículo vamos a hablar del monumento a los voluntarios caídos por España en Barcelona en las guerras de Cuba y Filipinas del año 1898, que se construyó en el cementerio de Les Corts, enterrados en el conocido como Panteón de los Soldados de Ultramar. El año 1898 es conocido como el año del «desastre». Un año que desembocó en la pérdida de las colonias españolas y que provocó una crisis institucional, cultural y política en España que dio lugar al surgimiento, entre otras cosas, de una generación de intelectuales que se hacían muchas preguntas sobre la propia naturaleza cultural y política de España. Y sí, ciertamente fue el año del «desastre», pero para algunos más que para otros, y no se puede dejar esta cuestión como liquidada en unos párrafos breves de los manuales escolares de historia.
El caso es que muchos dejaron allí la vida, que muchas familias se estroncaron porque sus miembros más jóvenes fueron los que murieron, perdiendo no solo a una persona querida, sino también, y en muchos casos, al miembro más productivo y que aportaba más ingresos a la unidad familiar, lo que las condenaba a una pobreza más crónica.
Para excusarse de ir a la guerra, había que abonar 2.000 pesetas de la época, una fortuna para la mayoría de las familias.
No es casualidad que 12 años después, en 1909, ante una nueva guerra, las familias más humildes se revolucionaran provocando la Semana Trágica de Barcelona. Estamos hablando, pues, que efectivamente, el 1898 fue el año del desastre, pero si queremos hacer una lectura integral de nuestra Historia, debemos mostrar y poner en valor dos hechos que quizás han quedado demasiado en segundo plano: primero, el gran número de víctimas producidas por las guerras y anhelos coloniales, chicos trabajadores y campesinos de todo el país que se encontraron embarcados en una guerra que no era la suya, simplemente por no poder pagar la exención. Y segundo, el profundo dolor que esto provocó en las familias y que se canalizó con un amplísimo consenso social e institucional para recordar a las víctimas con la construcción del Panteón de los Soldados de Ultramar en el cementerio de Les Corts.
El Panteón de los Soldados de Ultramar de 1898 del Cementerio de Les Corts Redescubierto

El 24 de febrero de 1895 comenzaba en la colonia española de Cuba una guerra que llevaría a la isla caribeña a la independencia política de España después de cuatro siglos de dominación desde la colonización colombina del continente americano. Un año después, la guerra de independencia también estallaba en la colonia española de las Filipinas. Durante los meses posteriores, a pesar de las tímidas concesiones de autonomía y el establecimiento de armisticios parciales, la guerra era irreversible. El 15 de febrero de 1898, el hundimiento del buque de guerra Maine en el puerto de La Habana propició el inicio definitivo de la guerra entre España y los Estados Unidos, con la declaración oficial de guerra por parte del gobierno de Washington el 25 de abril de 1898.
Pocas semanas después, el político e intelectual republicano federal Francesc Pi i Margall, una de las personalidades que más explícitamente había combatido la guerra y la muerte de hombres inocentes enviados al frente, afirmaba lo siguiente:
«Marinos que encontrasteis vuestra tumba en las aguas del mar de la China y en las de mar de los Caribes, soldados que yacéis en ignoradas fosas de Cuba y Filipinas, alzaos, y decid a vuestros camaradas cuan limpio dejasteis el honor de España. Basta de guerra; decidles: «volved a la Península». Os aguarda allí la más noble y fructífera tarea: la de poner coto a la reacción y afianzar las libertades públicas, la de acabar con una política vieja y decrépita que no lleva consigo sino la pasividad, la corrupción y la muerte».
Sus palabras reflejan uno de los corrientes de la opinión pública española que no solo denunciaba la crueldad de la guerra sino también la muerte de víctimas inocentes por parte de las tropas españolas. Hay que recordar que en aquellos momentos, el sistema de levas de soldados se hacía a través del sorteo de quintas.
En la España de los tiempos de las guerras coloniales de Cuba y Filipinas, el sistema de reclutamiento del ejército era el siguiente: los jóvenes españoles en edad de hacer el servicio militar obligatorio eran sorteados (quintados). Sin embargo, el acto de hacer el servicio se podía redimir mediante el pago de la desorbitada cifra de 2.000 pesetas en metálico o bien pagando un sustituto. Solo las familias adineradas, obviamente, podían hacer frente a aquella cantidad. Ya en el año 1895, en las páginas de la catalanista La Veu de Catalunya, sus lectores podían leer una proclama inequívoca en contra del sistema de reclutamiento de soldados de aquel ejército: «Tanta sangre de los pobres y tanta dinero de los que no lo son!», se afirmaba en la edición del día 18 de julio de 1895. Unos meses después era la revista satírica La Campana de Gràcia la que publicaba una caricatura del dibujante Josep Lluís Pellicer alusiva a los que eran enviados a la guerra: aquellos que no tenían los «300 duros» que costaba redimirse.

En palabras de la historiadora Núria Sales, «el hecho de poder o no poder pagar la conmutación divide la sociedad en dos grupos básicos de privilegiados y de desheredados. Entre los primeros, es indudable que hay que contar a los ricos y, entre los segundos, es indudable que hay que contar a los pobres», afirmaba. Este «impuesto de sangre para los pobres, impuesto en dinero para los ricos» no solo existió en España, sino también en Francia hasta el 1871 y en los Estados Unidos entre 1861 y 1865. En España estuvo vigente entre 1837 y 1912. «Los ejércitos coloniales no estaban formados por voluntarios, sino por los campesinos y los obreros más pobres», ha sentenciado el historiador británico Sebastian Balfour.
Para hacer frente al drama al que muchas familias populares se enfrentaban ante la marcha de uno de sus hijos a la guerra, por toda la geografía española se habían creado los llamados Montepíos de Quintas. Al final de todas estas sociedades de seguros contra quintas había figuras relevantes de la vida pública y política española, como Pascual Madoz, Mesonero Romanos o Méndez Vigo. En Cataluña encontrábamos al marqués de Comillas, los Güell o el Dr. Bartomeu Robert. Los accionistas de estas sociedades de seguros eran los que más se beneficiaban económicamente -ha explicado la historiadora Núria Sales– con la redención del sistema de reclutamiento de quintas. Mediante estas organizaciones, las familias podían asegurar por una cuota anual el importe de la posible redención en el futuro. A través de algunas de estas entidades también se podía asegurar que, si el joven era quintado con una destinación a las colonias de Ultramar, el servicio se hiciera en la Península.
En Barcelona, una de las entidades que existía era el Montepío Catalán de Quintas. Sus primeros estatutos habían sido aprobados por las autoridades el 12 de enero de 1878; semanas más tarde, el 7 de marzo, una real orden aprobaba los definitivos. Su artículo segundo era bien explícito: «Tiene por objeto el montepío facilitar medios a los padres de familia para poder redimir a sus hijos del servicio militar activo». Y añadía: «Art. 3. Pueden inscribirse en el montepío en cualquier día del año todos los niños y jóvenes desde que nacen hasta la víspera del día en que hayan de ser sorteados». Si en el año 1879 la entidad tenía 716 pólizas contratadas, la cifra superaba las 18.000 en el año 1898. Posteriormente, el Banco Vitalicio de Cataluña absorbió sus actividades.

«¡O todos o ninguno!» fue el nombre de la campaña contra la guerra que las fuerzas políticas progresistas, especialmente las vinculadas al Partido Socialista Obrero Español, impulsaron desde sus publicaciones, como los periódicos El Socialista o La lucha de clases. Durante todo el mes de octubre de 1897, las páginas del diario socialista se dedicaron a la campaña contra la guerra. Los primeros artículos aparecieron en las páginas interiores del diario; posteriormente pasaron a ocupar la primera plana.
La campaña socialista fue un éxito, aunque no toda la opinión pública progresista española estaba de acuerdo. Una de las voces discordantes a favor de la obligatoriedad del servicio militar —independientemente de la capacidad adquisitiva de los jóvenes— fue la del escritor Miguel de Unamuno. El 31 de julio de 1898 escribía en las páginas de la revista Vida Nueva lo siguiente:
«Se hace […] campaña en pro del servicio militar obligatorio y es lástima que los más de los socialistas empeñados en esta acción táctica que iniciaron repitan el ‘¡O todos o ninguno!’, dejando en la sombra, de hecho, el objetivo final único: el de que no vaya ninguno a esa esclavitud vergonzosa. Con que vayan todos se busca el que no llegue a ir ninguno, pero el fin no justifica los medios. Lo que hace falta es combatir sin tregua la institución militar misma y esperar con fe.»
El poeta Joan Maragall también cantaría el drama de los que marchaban a la guerra y no regresaban. Estos soldados son los que protagonizan algunos de los versos de su emblemática «Oda a España»:
Jo he vist els vaixells – marxar plens
dels fills que duies – a que morissin:
somrients marxaven – cap a l’atzar;
i tu cantaves – vora del mar
com un folla.
On són els vaixells? On són els fills?
Pregunta-ho al Ponent i a l’ona brava:
tot ho perderes, – no tens ningú.
Espanya, Espanya – retorna en tu,
arrenca el plor de mare!

Del Protocolo de Washington al Tratado de París
El desenlace de las guerras coloniales a favor de Estados Unidos se produjo entre la firma del protocolo de paz de Washington, del 13 de agosto de 1898, y la capitulación definitiva española en la Conferencia de Paz de París de los meses de octubre y noviembre del mismo 1898. Los acuerdos establecían que la presencia española en las antiguas colonias del Caribe debía desaparecer el 1 de enero de 1899. Más de doscientos mil personas habrían abandonado Cuba y Puerto Rico en aquellas fechas, aunque lo cierto es que muchos residentes españoles, y también soldados, permanecieron en las ya excolonias para iniciar una nueva vida. En las Filipinas, el número de población y de tropas militares que había que repatriar era mucho menor.
Las condiciones para su retorno a la Península fueron mucho peores, ya que en la isla la guerra continuó, ahora entre los independentistas filipinos y los Estados Unidos. La compañía Trasatlántica del marqués de Comillas había conseguido en exclusiva el contrato gubernamental para la repatriación de los soldados de las guerras coloniales. «Las lamentables condiciones en que eran transportadas las tropas que retornaban a España provocaron muchas defunciones en la mar», ha explicado Sebastian Balfour.
Pocos meses después, se producía un hecho simbólico que a menudo pasa desapercibido pero que muestra claramente el fin del imperio español: el 30 de enero de 1899 se desmantelaba en Madrid el Ministerio de Ultramar, que se suprimió. «¡Un ministerio menos! ¿Para qué nos servía? Se derrumbó nuestro poderío colonial […]. España perdió el tristemente famoso año 98, en territorios de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, 422.330 kilómetros cuadrados y 10.262.979 de pobladores; lo que se dice aproximadamente un tercio del poderío nacional», afirmaba José Francos Rodríguez, El año de la derrota 1898 de las memorias de un gacetillero, p. 302.
La llegada de soldados heridos y repatriados durante los últimos años del siglo XIX fue una constante. Y así quedó recogida por la prensa contemporánea, especialmente por aquellas cabeceras que se habían mostrado beligerantes contra la guerra con la potencia norteamericana. El retorno de estos soldados que sobrevivieron fue amargo, por diversas razones. En primer lugar, por las condiciones deplorables en que llegaban muchos de los supervivientes. Uno de los testigos que presenció la llegada de aquellos soldados fue Joaquim Maria de Nadal, que en sus memorias Cromos de la vida vuitcentista: memorias de un barceloní recordaba que «había de sufrimiento, de dolor, de angustia, de miseria, en aquellas caras, pálidas, apergaminadas, arrugadas – de color de cera y de color de hiel- y en aquellos cuerpos esqueléticos, tan delgados, tan tenues, que se perdían y desaparecían y uno creía que iban a desvanecerse de un momento a otro».
Un testimonio aún más estremecedor es el que podían leer los lectores del diario El Imparcial en la edición del 1 de septiembre de 1898: «No faltaban infelices que extenuados por la disentería, el paludismo o la tuberculosis, no podían andar y se arrastraban por las calles, sembrando el dolor y la lástima por doquier».
En segundo lugar, para otros, el retorno a la España peninsular fue amargo por la inexistencia de depuración de responsabilidades entre los mandos militares. Un ejemplo paradigmático es el testimonio de Manuel Corral, que en el año 1899 daba a la imprenta en Barcelona la obra ¡El desastre!: Memorias de un voluntario en la campaña de Cuba, publicada por el editor Alejandro Martínez. «Al regresar a España creía encontrar funcionando con grande actividad los consejos de guerra, esperaba ver a muchos procesados por ineptos o ladrones, y exceptuando los procesos formados por la rendición de plazas…. nada; todos habían sido unos cumplidos caballeros».
Uno de los que sobrevivió a la guerra de Cuba, donde luchó, fue el abuelo del escritor Lluís Carandell. Recordaba que su abuelo había sido uno de los soldados del 1898. «Lo debió de ser a la fuerza porque, aunque pertenecía a una familia de pequeños campesinos, en la Conca de Barberà tarraconense, sus bienes no fueron suficientes para permitirle reunir las 2.000 pesetas que valía librarse de hacer el servicio militar en Ultramar», afirmaba. Uno de los que sobrevivió a la guerra de Cuba, donde luchó, fue el abuelo del escritor Lluís Carandell. Recordaba que su abuelo había sido uno de los soldados del 1898. «Lo debió de ser a la fuerza porque, aunque pertenecía a una familia de pequeños campesinos, en la Conca de Barberà tarraconense, sus bienes no fueron suficientes para permitirle reunir las 2.000 pesetas que valía librarse de hacer el servicio militar en Ultramar», afirmaba.
Lo cierto es que a medida que avanzaba la guerra, comenzaron a llegar también los soldados heridos y moribundos. «Fueron llenos de vida y volvían maltrechos», afirmaba el contemporáneo José Francos Rodríguez. «¡Qué heroísmo tan estéril el invertido en la ruda y áspera campaña! Los barcos llegaban a los puertos, dejando en tierra jóvenes consumidos por la fiebre. ¡La flor de la juventud española extinguida en empresa innecesaria!», añadía. En los últimos meses de 1898 la repatriación se hizo cada vez más dramática: «Empezaron a llegar a nuestras costas los restos de una juventud briosa, fuerte, alegre, que nos devolvieron macilenta, empobrecida y mermada. El suceso de la repatriación no produjo sacudidas hondas, estremecimientos colectivos, ni siquiera alborotos. Nos contentamos con desahogos literarios», se lamentaba el mismo Francos Rodríguez.
La creación del panteón del cementerio de Les Corts
La creación en el cementerio de Les Corts de un espacio específico para acoger dignamente los restos mortales de las víctimas de las guerras españolas de Ultramar fue una iniciativa de la Comisión Ejecutiva de la Cruz Roja española. En aquellos momentos, la organización se definía como la «Asociación Internacional para el socorro a heridos en campañas, calamidades y siniestros públicos». El 29 de enero de 1897, pocas semanas antes de la agregación de Les Corts a Barcelona, el presidente de la organización en España agradecía al alcalde de Les Corts, en tanto que presidente también de la junta de cementerios de la población, la buena acogida de su demanda presentada a finales del año anterior:
«Enterada esta Comisión Ejecutiva de que la Junta [de cementerios] de su digna presidencia se ha dignado aceptar el proyecto de levantar en el cementerio de esa villa una estela funeraria o panteón donde reciban cristiana sepultura los infelices soldados que enfermos o heridos regresen de Cuba y Filipinas y fallezcan en [el] sanatorio instalado por esta asociación, habiendo tenido a bien ceder gratuitamente a este efecto 6 × 8 metros de terreno, tenga la honra de significar a V.S. el testimonio de la sincera gratitud de la Cruz Roja para con esa Junta por su noble y patriótico proceder».
Pocos meses después de la agregación de Les Corts al municipio de Barcelona en abril de 1897, a mediados de agosto siguiente, el consejo plenario del Ayuntamiento de la capital catalana tomó un acuerdo que habría de ser determinante para la historia del panteón de los soldados de la guerra de Ultramar: «Que se sirva acordar la construcción de un mausoleo en el cementerio de Las Corts para, en su día efectuar la traslación de los militares fallecidos en esta ciudad y procedentes de los ejércitos en campaña». Firmaban la propuesta los regidores Josep Fabra y Antoni Rosich, entre otros. La iniciativa fue aprobada y asumida por el conjunto del plenario municipal pocos días después, el 27 de agosto de 1897.

«Pocas semanas más tarde, el 13 de octubre de 1897, los mismos concejales lograron que el Ayuntamiento de Barcelona depositara una corona conmemorativa dedicada a la memoria de los soldados, con motivo de la festividad de los difuntos, en el lugar donde se debería construir un mausoleo para recoger sus restos y rendirles memoria de manera permanente.
En un primer momento, el Ayuntamiento acordó la construcción de «setenta y cinco columbarios destinados a depósito de cadáveres de los soldados procedentes de Ultramar». El arquitecto de la Junta Municipal de Cementerios de Barcelona, Leandre Albareda, elaboró un presupuesto que ascendía a 1.952 pesetas. Parte de la piedra empleada para la construcción del panteón había de ser trasladada desde la cantera del cementerio de Montjuïc.
En agosto de 1901, el arquitecto Juli Maria Fossas, con el visto bueno del arquitecto municipal en cap Pere Falqués, presentaba al Ayuntamiento el proyecto de mausoleo «para depositar los restos de los militares fallecidos, procedentes de los ejércitos de Ultramar, durante la pasada guerra». El arquitecto Fossas también señalaba la necesidad de «hacer presente la conveniencia de que por V.E. se determinen las inscripciones que habrán de esculpirse en las cuatro lápidas del pedestal, cuyas dimensiones son de setenta y cinco centímetros de largo por cincuenta de alto».
Monumento a los caídos por España en Barcelona
Una meta en el proceso de conceptualización y construcción del panteón fue la determinación de los soldados que debían ser inhumados. Se trataba de restos mortales de soldados repatriados de las guerras coloniales o bien que habían muerto en hospitales barceloneses como consecuencia del conflicto bélico. Estos hospitales eran el propio de la Cruz Roja, el Hospital Militar o bien el Provincial. Se ha conservado la relación manuscrita donde fueron registrados, desde el más antiguo hasta el más reciente, cuáles fueron las víctimas militares cuyos restos fueron integrados en el mausoleo. El primero fue Miquel Baurés, enterrado el 18 de enero de 1897, aunque en realidad este soldado no era la víctima mortal más antigua, que fue Josep Pujol Caballé, inhumado el 9 de diciembre de 1896.

A partir del verano de 1897, el número de muertos se fue incrementando de manera acentuada. En agosto de 1897 eran ocho los soldados muertos como consecuencia de la guerra. El mes de septiembre siguiente la cifra se multiplicaba hasta la treintena. A partir de entonces, lo más habitual era que hasta una cuarentena de soldados encontraran sepultura durante el resto del año. En 1898, los inhumados llegaban hasta el centenar cada mes. Aunque la guerra se daba por acabada oficialmente en agosto de 1898, en los hospitales barceloneses los soldados seguían muriendo. En diciembre lo hicieron hasta 125 personas, la cifra más alta, seguida de las víctimas del mes de febrero de 1899, que llegó hasta las 103. Incluso en julio de 1900 se enterraba una última víctima que había fallecido en el Hospital Militar. Era la última de las 704 personas inhumadas en el panteón, que se identificó concretamente con el número 858. Además, según una anotación conservada, se sabe que existían «tres fosas especiales y en las que están enterrados de 15 a 20 soldados repatriados, según manifestación del individuo que ejercía el cargo de sepulturero del cementerio de las Corts antes de la agregación».
¿Cuál era la identidad de aquellos centenares de víctimas? Un informe interno del arquitecto municipal Pere Falqués afirma lo siguiente: «Aquellos pobres soldados venían de diversas procedencias pues fueron a Ultramar desde toda España; casi todos ellos habían fallecido muy lejos de sus hogares». Y añadía inmediatamente: «La consiguiente probabilidad, posteriormente confirmada, de que de continuo se avivarían las demostraciones de afecto al pisar nuestra tierra aquellos de sus deudos, amigos y compañeros que no ignoraban que Barcelona guarda con su piadoso respeto los venerados restos, aconsejaban que al dar decorosa sepultura, se procurara conservar para cada cadáver lugar visiblemente concreto donde se señalara el nombre».
En diciembre de 1901 ya se había completado la construcción de la cripta del panteón y ya se pudo iniciar el traslado de restos mortales. Fue a partir de entonces cuando uno de los contratistas habituales de la Junta de Cementerios de Barcelona, Josep Girbal, comenzó a proveer «las urnas cinerarias que sea menester para verificar las traslaciones de los restos mortales de los repatriados de Cuba y Filipinas desde sus respectivos nichos del cementerio de las Corts a la cripta que el Excelentísimo Ayuntamiento tiene construida a dicho objeto». El precio acordado fue el de 5,95 pesetas cada una: «igual al de los ataúdes para párvulos», detallaba el contratista Girbal.
Una vez construida la cripta, según el proyecto de Juli Maria Fossas, el arquitecto en cap municipal Falqués quiso transformar y redimensionar el mausoleo para dar una mayor visibilidad a la identidad de los soldados. Hay que recordar que, originalmente, la propuesta era la de integrar una inscripción genérica esculpida sobre un obelisco presidido con el señal heráldico de Barcelona con el texto «A los que murieron por la Patria», acompañada de una menor donde se podía leer «Que en paz descansen. El Ayuntamiento…», y un espacio reservado para un mensaje complementario. De la mano de Falqués, el mausoleo se transformó en un panteón visitable en cuyo diseño adquiría una renovada importancia la lectura del nombre específico de todas y cada una de las víctimas enterradas. El nuevo proyecto arquitectónico había de dar «menor importancia a la construcción decorativa» en beneficio de la singularización de los nichos-urna individuales.
El 10 de abril de 1902, Pere Falqués firmaba los planos del panteón efectivamente construido. El diseño fue definitivamente aprobado por el Ayuntamiento en la sesión ordinaria del plenario municipal del 22 de abril siguiente. «El Ayuntamiento de Barcelona a los repatriados de Ultramar» fue el lema elegido para presidir una composición que tenía en una cruz y el símbolo institucional barcelonés los elementos visuales más visibles. Unas escaleras monumentales de cinco metros de anchura daban acceso a una cripta estructurada en cuatro departamentos que acogían, en aquellos momentos, 732 nichos. En el primer y segundo departamentos había 148 nichos respectivamente; 216 en el tercer departamento; y, finalmente, 220 en el cuarto.
Traslado de los restos de los voluntarios catalanes caídos por España
El traslado de restos se acordó pocas semanas más tarde, el 10 de mayo de 1902. Gracias a la documentación conservada en el Archivo Municipal Contemporáneo de Barcelona, se conoce con exactitud la identidad de los soldados, los días en que fueron trasladados a la nueva ubicación y el nicho que ocuparon. El primero de los soldados cuyos restos recibieron sepultura definitiva fue Jacint Gratecós el 24 de julio de 1902, que ocupa el primer nicho del primer de los departamentos. Ese mismo día las restos del soldado Miquel Baurés fueron trasladadas al nicho 2. Dos días más tarde, el 26 de julio de 1902, lo hicieron las de Josep Pujol Caballé al número 3. Los trabajos continuaron durante los días 18, 21, 22 y 23 de agosto, fecha en que se completó el traslado de los primeros 50 inhumados, tal como certificaba el administrador del cementerio de Les Corts, J. Salvatella. Semanas más tarde, el 22 de diciembre se trasladaron 23 urnas desde el cementerio de Montjuïc hasta el de Les Corts.
El traslado de los centenares de cadáveres dentro del propio cementerio de Les Corts fue extraordinario. De hecho, en aquellos momentos, ni el número de personal del cementerio ni las medidas de protección de que disponían eran las apropiadas. «Para el mejor servicio sanitario y evitar que a los sepultureros del cementerio de las Corts les sobrevenga alguna enfermedad contagiosa a causa de no poder desinfectarse ellos mismos y diariamente, después de verificar los traslados de los soldados repatriados por carecer del material necesario para ello, precisa que Vuestra Excelencia [dirigiéndose al alcalde de Barcelona] se sirva disponer en envío a la mencionada necrópolis de la clase de desinfectantes que se requieren para dicho objeto», reclamaba el administrador Salvatella desde el cementerio de Les Corts.
Desde la dirección del Instituto Municipal de Higiene Urbana, sin embargo, se argumentó que no solo habían llevado a cabo las habituales tareas de desinfección en el recinto funerario sino que además había hecho «entrega a la brigada del referido cementerio de un frasco continente de un kilo de disoluciones madres para la purificación de manos y rostros de los operarios, y otros para las desinfecciones de útiles, cajas y urnas y una regadera, enseñando a dicho personal el modo de utilizar los preparados que no son peligrosos».
La documentación contemporánea también se refiere a la «grave perturbación que causa al buen servicio» provocada por el traslado de los soldados, hecho que evidenció también otra carencia, la de la necesidad de «poseer rectificadas las plantillas de numeración de los nichos del cementerio de las Corts», se afirmaba el 17 de enero de 1903. Con celeridad, los servicios técnicos del arquitecto municipal Pere Falqués habían dado solución a la problemática, con la elaboración de un nuevo «cuadro de reforma de la numeración correspondiente a los nichos del Departamento 3.º del cementerio de las Corts».
En pocos días, el 14 de febrero de 1903, el arquitecto de Cementerios, Juli M. Fossas, también confirmaba que la elaboración del pliego de condiciones y la ejecución del concurso público para la adquisición de madera para la construcción de las urnas pendientes ya había sido realizado y adjudicado al contratista Rafael Sastre. «Tan pronto haya tenido lugar el expresado suministro y efectuada la recepción de la madera, se procederá con toda urgencia a la construcción por medio de los operarios de la brigada de las repetidas urnas», afirmaba Fossas.
En la primavera de 1903, la prensa anunciaba la reaparición en las Filipinas, en la bahía de Manila, de los restos del buque María Cristina hundido años antes durante la guerra. Lo habían reflotado los norteamericanos. La importancia que el panteón barcelonés había ido tomando con el paso de los años quedó bien manifestada en una proposición hecha en el seno del consejo plenario del Ayuntamiento. El regidor Francesc Llopart proponía al gobierno municipal de la capital catalana que en el caso de que el Gobierno central español reclamara los restos mortales de los equipos humanos del buque María Cristina, estos restos fueran depositados en el panteón del cementerio de Les Corts de Barcelona.
Lo cierto es que pocos meses antes de la inauguración oficial del panteón, una relación oficial por el administrador del cementerio de Les Corts certificaba que los inhumados, a fecha 10 de abril de 1904, eran 705. En aquellos momentos, la última víctima mortal enterrada había tenido lugar ya hacía cuatro años, el 1 de julio del año 1900.
En la primavera de 1904, el Ayuntamiento de Barcelona enlestecía los trabajos para la inauguración del panteón. Se restauró la corona en bronce que el taller Masriera-Campins había creado el año 1897. Y pocas semanas más tarde, concretamente el 9 de mayo de 1904, consta que todos los trabajos de estucado del interior de la cripta ya habían sido completados por el contratista Lladó Hermanos.
Sin embargo, nuevos restos mortales continuaron llegando. El 12 de julio de 1904, pocos meses antes de la inauguración oficial, lo hicieron una veintena de soldados fallecidos en los meses de julio y agosto de 1897 procedentes de inhumaciones del Hospital Militar. De estos soldados, en algunos casos, consta su procedencia geográfica original: Madrid, León, Ciudad Real, Logroño, Zaragoza, Palencia… Todos ellos acabaron inhumados en la capital catalana. Los restos de este grupo de soldados son los que se encuentran en los nichos comprendidos entre los números 706 y 725.
«Con el fin de dar por terminado el mausoleo erigido en el cementerio de las Corts para guardar los restos de los soldados repatriados de Cuba y Filipinas y poderse inaugurar en la próxima festividad de la Conmemoración de los fieles Difuntos, falta construir la verja de hierro que la rodea», solicitaba el arquitecto Juli M. Fossas el 17 de octubre de 1904.
La inauguración del monumento a los voluntarios catalanes caídos por España el 31 de octubre de 1904
Según el documento interno de protocolo del Ayuntamiento relativo a la inauguración del panteón, a las 11 de la mañana estaba previsto que de manera simultánea se produjeran dos encuentros: la corporación municipal, acompañada de otras autoridades civiles, militares y religiosas en la Casa de la Ciudad de Barcelona, en la plaza de Sant Jaume; y en el propio cementerio de Les Corts se reuniría la Comisión Municipal de Cementerios. Una hora más tarde, a las doce del mediodía, estaba programada la llegada de la comisión de autoridades, recibida por el «clero con cruz alzada». Después de la celebración de un oficio religioso se habría de colocar solemnemente la corona de bronce del Ayuntamiento. El acto central de la inauguración y cierre del panteón estaba previsto que fuera el discurso del alcalde de Barcelona, seguido de «honores fúnebres militares por el piquete que se hallará en el antecementerio».
La comitiva de autoridades también habría de seguir un riguroso orden institucional. En primer lugar abrirían paso los miembros de gala de la guardia urbana municipal, seguidos de representantes de la Cruz Roja y los generales en cap de la guarnición militar. A continuación, los maceros del Ayuntamiento, que precedían a los regidores municipales y el alcalde de la ciudad, con su correspondiente escolta ceremonial. Los acompañaban periodistas y reporteros gráficos de prensa escrita como los diarios de ámbito estatal El Imparcial y El Heraldo de Madrid que, según el propio Ayuntamiento, «tan activa parte tomaron en auxiliar a los repatriados a su llegada al puerto de Barcelona». A las puertas del cementerio, la comitiva de autoridades habría de ser recibida por dos guardias de caballería y una veintena de guardias de infantería, además del portero del cementerio y de cuatro vigilantes del recinto.
En la nota de prensa municipal -llamada contemporáneamente «gacetilla»- hecha pública se afirmaba que «el Ayuntamiento de Barcelona, en nombre de la ciudad, ha rendido a los que sucumbieron en defensa de la integridad de la patria, el tributo de respeto y consideración que su recuerdo merece, que quedará completado con el solemne acto de inauguración y clausura del referido mausoleo, y colocación de una magnífica corona de bronce».
«Durante la inauguración oficial, después de los discursos institucionales, tuvo lugar uno de los momentos más emotivos y simbólicos del acto: el cierre del mausoleo, a cargo del propio arquitecto municipal en jefe. «El arquitecto municipal D. Pedro Falqués, autor del proyecto, cerró la verja del panteón, haciendo entrega de la llave al Excelentísimo señor Alcalde, quien a su vez la entregó al infraescrito Secretario [A. García], dándose el acto por terminado.
La inauguración de «el Escorial de los hijos del pueblo». El monumento de los voluntarios catalanes caídos por España
El 1 de noviembre de 1904, Día de Todos los Santos, la inauguración del panteón ocupaba primeras páginas de la prensa barcelonesa. «En el centro del patio último del cementerio más humilde de los cementerios de Barcelona, el arte de un insigne arquitecto ha edificado el alcázar donde yacerán perdurablemente los restos mortales de los setecientos y tantos soldados que a Barcelona vinieron a morir después de haber luchado en las colonias por la patria, inútil y valerosamente», afirmaba el diario La Tribuna de aquel día en su edición matinal. El periodista que redactó el artículo -cuya identidad no figura-, no quiso precisar de manera bien consciente el número de víctimas del panteón porque la cifra, efectivamente, variaba según las propias placas instaladas en el panteón. El redactor también hace una observación que es del todo precisa: la muerte de aquellos soldados había sido «inútil».
«No hay en necrópolis alguna española mausoleo tan majestuoso ni que infunda más fervoroso respeto en el ánimo de quien lo visite», se afirmaba. El diario La Tribuna también ofrecía a sus lectores una de las descripciones más sugerentes de la singularidad de aquel panteón, evocada con las siguientes palabras: «El foso austero, entre un muro de contención y la masa pétrea del edificio; la crujía de las criptas, silenciosa, rica en luz si pobre de ruidos; el susurro del viento al tropezar con la hojarasca de las plantas y arbustos de los cercanos jardines; el resbalar del agua del cielo por el […] pavimento que la impide encharcarse y la invita a pasar como el rocío por los pétalos de las flores… Allí, en aquel palacio que a los pobres muertos de la nación ha consagrado la siempre magnífica y espléndida Barcelona, se siente, se cree, se reza… Y no se llora, porque al mirar las lápidas de los nichos y ver en ellas por memoria y epitafio una cifra escueta, un número, el corazón se subleva indignado. ¡Ni un nombre, ni un elogio, ni una frase de amor! Pero lo que los números no dicen lo dice el conjunto del mausoleo. Grandes, muy grandes han de ser los merecimientos de quienes tal sepultura consiguen. ¡Grandes, muy grandes fueron los méritos de los allí sepultados! Aquel es el Escorial de los hijos del pueblo. Escorial sin pudridero, sin pompas inútiles, sin exterioridades fastuosas».
«En el más humilde de los cementerios de Barcelona y en el patio último, tienen su mortuorio alcázar los héroes anónimos, los que se numeran, los que no han menester denominaciones y adjetivos de mísera vanidad. Y ante aquellos nichos simétricos, uniformes, desfila Barcelona representada por su Ayuntamiento y autoridades, como no ha desfilado ni desfilará jamás ante los sepulcros de Reyes y magnates», sentencia el redactor del diario republicano barcelonés. «El aire de la montaña circula por allí libremente llenándolo todo con sus aromas; las flores crecen como en un vergel; a tales héroes tal lugar y tal sepulturero y tales homenajes. ¿Quiénes son los muertos? ¿Cómo se llaman? ¿Dónde nacieron? ¿Dónde sus deudos están? ¡Nada importa! Por la patria lucharon y murieron y en nombre de la patria, y sin necesitar para nada el auxilio del Estado, Barcelona les da sepultura y amorosamente los hace suyos honrando sus hechos como si magnates y reyes fueran».
«Cuando los generales que en las guerras coloniales ganaron cruces y ascensos mueran, sus enterramientos contendrán el catálogo de sus honores; pero ninguno de sus enterramientos será comparable a este colectivo erigido al Valor, a la Abnegación y al Sacrificio. Las lápidas de los de arriba noticiarán a los curiosos que los bajo ellas sepultados fueron grandes cruces. El mausoleo de las Corts tiene una sola cruz para todos los muertos que contiene; una cruz sencilla, tosca, que los vientos y la lluvia ennegrecerán; una cruz en cuya presencia no hay cabeza que no se descubra, labios que no recen, ojos que no lloran», sentenciaba el diario La Tribuna.
El día después de la inauguración del panteón barcelonés de los caídos por España
Una vez inaugurado el panteón, la Comisión Municipal de Cementerios felicitó públicamente al arquitecto Pere Falqués por la autoría y dirección del proyecto. En la sesión del plenario municipal del 22 de noviembre de 1904 fue aprobado el siguiente acuerdo: «Haber visto con singular complacencia la obra realizada por el señor Arquitecto Jefe de Urbanización y Obras D. Pedro Falqués, autor del proyecto del mausoleo ejecutado en el Cementerio de Las Corts para contener en forma individual los restos de los 722 cadáveres de los soldados que sucumbieron en esta ciudad a consecuencia de las guerras coloniales, por haber interpretado con inteligencia y acierto los propósitos del Excelentísimo Ayuntamiento, encaminados a honrar de manera digna y completa la memoria de los que fallecieron en defensa de la integridad de la patria».
Lo cierto, sin embargo, tal como ha afirmado el historiador Sebastian Balfour, es que «el Desastre puso al descubierto la vaciedad de la retórica patriótica orquestada por las elites locales y nacionales y cortó de raíz cualquier brote incipiente de sentimientos imperialistas populares».
A pesar de su cierre solemne el día de la inauguración, con posterioridad el panteón continuó acogiendo nuevas restos mortales. El 7 de diciembre siguiente, el Ayuntamiento aprobaba la adquisición de «80 lápidas con sus anillos de metal y numeración correspondientes» con el panteón como destino. Incluso años más tarde, en 1908, se producía una nueva situación que alteraba el número de inhumados en el panteón. El administrador de los cementerios de Sants y de Les Corts, J. Salvatella, exponía el siguiente: «Verificadas las excavaciones convenientes en las dos fosas de la isla tercera del cementerio de las Corts, donde fueron inhumados durante el año 1896 algunos de los cadáveres de los soldados procedentes de Ultramar, han dado por resultado el hallazgo de nueve de ellos, cuyos restos, convenientemente acondicionados, han sido trasladados durante el día de la fecha, al panteón de los repatriados construido exprofeso en la misma necrópolis».
Un año después de aquel hallazgo en el cementerio de Les Corts, estallaba en Barcelona la llamada Semana Trágica en julio de 1909. La sociedad barcelonesa que en 1908 padecía las consecuencias de una nueva guerra colonial española, esta vez en Marruecos, ya no era la misma que una década atrás en tiempos de las guerras coloniales de Cuba y Filipinas. Lo dijo un comentarista contemporáneo, Ángel Ossorio, con las siguientes palabras: «No es posible explicarse los sucesos ocurridos en Barcelona al finalizar el mes de julio [de 1909] sin reflexionar acerca del estado mental y moral de aquella sociedad».
Los hechos revolucionarios de la Semana Trágica de Barcelona evidenciaban que los jóvenes barceloneses que se negaron a participar en la guerra ya no estaban dispuestos, eufemísticamente, «a morir por la patria» como una década antes.
Lista de catalanes que dieron su vida por España en las guerras de Cuba y Filipinas enterrados en el Panteón de Les Corts (Barcelona)

Esta es una lista no exhaustiva de todos los héroes catalanes que dieron su vida por defender a España en las guerras de Cuba y Filipinas luchando contra Estados Unidos. La mayoría murieron en hospitales de Barcelona tras regresar en barco malheridos durante diversas batallas. En total fueron más de 3.000 voluntarios catalanes los que murieron por España, de los cuales algo más de un tercio eran de Barcelona. Se sabe que hay otros tantos miles que nunca regresaron y que descansan en alguna parte en Cuba, Filipinas o el fondo del mar, muchos reposan en diversos cementerios por toda Cataluña. Todos los que aparecen en esta lista están bien identificados en el Panteón de los Soldados de Ultramar de 1898 del Cementerio de Les Corts. Es un panteón visitable y es algo digno que ver en Barcelona hoy.
El número de lista es el número de su lápida en el Panteón de los Soldados de Ultramar de 1898 del Cementerio de Les Corts. En principio eran 734 soldados voluntarios catalanes pero posteriormente según iban muriendo se añadieron algunos más. Sus descendientes tienen derecho a una indemnización si todavía no ha sido reclamada y a reclamar la nacionalidad española.
- Miguel Baures
- Jacinto Gratecos
- José Pujal Caballé
- Benito cuesta
- Antonio Blanco
- Celestino Puerto
- Pedro Capdevila
- Jaime Suñe Artigas
- Hilario Simarro
- Jaime Grimat
- Amadeo Maruny
- Daniel Mayano
- Mariano Arnal
- Manuel Halazar
- Celestino Vendrell
- Manuel Medina
- Tiburcio Doncel
- Antonio Costa
- Juan Pujadas
- José Pelegrín
- Fernando Saez
- Juan Vandell
- Domingo Pérez
- Antonio de la Cruz
- Camilo Aris López
- Felix López
- Diego Sánchez
- Miguel Mercader
- José Bosch
- Ramón Freire
- José Dante
- Damaso Soler
- Juan Prieto
- José Pedrola
- Juan Guell
- Manuel Pérez
- Antonio Sánchez
- Manuel Aguila
- Carlos Demesa
- Agustín Puig
- José Sagut Puquet
- Manuel Triñans
- Francisco Pastor
- José Cervello
- Fulgencio Vázquez
- Antonio Basilio
- Manuel González
- Rafael Molera
- Domingo Tenaet
- Francisco Muñoz
- Sebastián Ganel
- Juan Acosta
- Juan Vila Puig
- José García García
- Gayetano González
- Manuel García
- Baldomero Moya
- Miguel Cabezudo
- Antonio Vendrell
- José Cuadro
- Anselmo de Celis
- Alfonso Rodes
- Juan Fernández
- Juan Barga Oliva
- Juan Muradell
- Luis Meya Arro
- Jaime Guasch
- Celedonio Pérez
- José Rovira
- Ricardo Moreno
- Inocencio Herras
- José Ibars Torres
- José Auleda Pujol (Es célebre porque dos familiares lograron encontrarlo un siglo después)
- Vicente Soler
- Agustín Sevilla
- Blas Martínez
- José Chacón
- Domingo Vega
- Antonio Escoris
- Antonio Pons
- Juan Coll Torrent
- Isidro Vidal Ruach
- Joaquín Artero
- Salvador Pedro
- Manuel Pardo
- Miguel Calatayud
- Celestino Rovira
- Alfonso Tenza
- Francisco Trigueros
- Isidro Capdevila
- Antonio Bernoso
- Francisco Domínguez
- José Gil Rebaso
- Miguel Galasta
- Blas Fernández
- Silverio Martínez
- Ricardo Marcos
- Esteban Blaser
- Leonardo Calleja
- Lorenzo Lorenzo
- Salvador Martínez
- Santiago Salamanca
- Federico Barrio
- Francisco Tejero
- Mateo Catalá
- Magín Ginés
- Melchor Redondo
- Juan Rovira
- Alfonso Pérez
- Emilio Mello
- Joaquín Acosta
- José María Vardrez
- José Anguera
- Antonio Fuertes
- Marcelo Zenón
- Francisco Álvarez
- Esteban Rubio
- Fidel Buarez
- José Seara
- Rafael Fernández
- Domingo Orrundea
- Eugenio Pascual
- José Simó Deu
- José Del Río (Está escrito José Delrio pero entendemos que es un error)
- Pedro Polo Durán
- Felipe Vives Ferré
- Domingo Ones
- Esteban Alonso
- Mateo Miro Horros
- Justo Carbiero
- Joaquín Gutiérrez
- Salvador Cabanes
- Antonio Montero
- José María López
- Marcel Rodríguez
- Salvador Rivera
- Manuel Velasco
- Justo Durán Farro
- José Piñuelo
- Francisco Gaye
- Hipólito Gómez
- Guillermo Soler
- José Menéndez
- Bernardo Vendrell
- Celedonio Noguel
- Miguel Rivera
- Antonio Molins
- Emilio Ortiz
- Ramón Gómez
- Francisco Díaz
- Hermójenes Bonfarcos
- José Plaza
- José Sánchez
- Carlos Monreal
- Manuel Graviel
- José García
- Antonio Tresancha
- Faustino Lagartero
- Santiago Salcedo
- Fermín Segovia
- Regalado Servera
- José Figueras
- Gustavo Sancho
- Aurelio García
- Pablo Suñé
- Francisco Villalba
- Fructuoso Serrano
- Antonio Rodríguez
- Pedro Martí
- Francisco Busteros
- Francisco Talavera
- Florentino López
- José Gil Ruiz
- Ricardo Caballero
- Antonio Belolosa
- Eduardo Ybáñez
- Vicente Guillem
- Pedro Bachón
- Fernando Fernández
- Juan López Mira
- Manuel Zahuertra
- Juan Salellas
- Juan Vila Soñe
- Juan Martorell
- Pedro Teiro
- Ricardo Perecaula
- Lorenzo Martínez
- Cruz Pérez Saló
- Eustaquio Frueta
- Juan Gil Moliner
- Pedro Suarez
- Francisco Coll
- Emilio Seguí Sedó
- Cristóbal Giménez
- Cristóbal Ángel
- Jaime Tudela
- Rafael Lloret
- Mariano García
- Francisco Barrera
- Estanislao Mateu
- Vicente López
- José Señor
- José Moreno
- Alejo Tejedor
- Antonio Pujol
- Domingo Iglesias
- Francisco Guardiola
- Francisco Tomás
- Antonio Pulido
- Ángel Ruiz García
- Salvador Oliver
- Juan Triay Camps
- Ignacio Caro
- José Papiol
- José Galvez
- Eleusterio Martínez ¿Quizás era Eleuterio Martínez?
- Lino Díaz Sanchis
- Miguel Ortiz
- Domingo García
- Pedro Ferrer
- Florencio Mata
- Juan Carreras
- Francisco Flores
- Francisco Mirabet
- Ramón Moya Soler
- Vicente Antonino
- Telesforo García
- Luis Castús Bata
- Ambrosio Belaustegui
- Pedro Mayo Eston
- Miguel Abad
- Sebastián Manresa
- Matías Llorca
- Manuel Escartín
- Ramón Galarza ¿Quizás era Ramón Gálarza?
- Miguel Roselló
- José March
- Miguel Cauca
- Antonio Cisneros
- Salvador Planas
- Francisco Rodríguez
- Jesús Beteta
- Rafael Sampols
- Juan Masachs
- José Pérez Incoguito
- Andrés Torres
- José Pérez
- Miguel Martín
- Jaime Umbert
- Miguel Ortiga
- Juan Hugarte
- Lorenzo Gelabert
- Olayo González
- Pedro Marzo
- Francisco Ribas
- Ángel López
- Antonio Samper
- Francisco Carrascosa
- Antonio Rodríguez
- Alfonso Girad
- Indalecio Manchado
- José Martín
- Agustín Ortiz
- Antonio Sánchez
- Ramón Córdova
- Juan Pastor
- Sebastián Soler
- Domingo Lino
- Pedro Batllori
- José Biunas
- Tomás Lashuertas
- Lorenzo Soler
- Joaquín Arcentos
- José Leuserich
- Faustino Gaucin
- José Banquinero
- Ramón Sitjes
- Jaime Pino
- Julio Tusquellas
- Bartolomé Gribé
- Ricardo Argoté
- Francisco Fernández
- Jaime Domingo
- Ignacio Areris
- Nicolás Fonsea
- Ricardo Díaz
- José Fernández
- José Serra
- Rufino González
- José Rodríguez
- Bernabé Rovellar
- Guillermo Rueda
- Manuel Arenas
- José Corominas
- Bernardo Izquierdo
- Francisco Vallaverdei
- Antonio Vijal
- (Nombre borrado)
- (Nombre borrado)
- José Rosillo
- Prudencio Iturrega
- Manuel Villarmón
- Federico Cardona
- Santiago Bucallas
- Francisco Guzmán
- Francisco Zuárez
- Pedro Pérez
- José Martínez
- Guillermo Rigo
- Antonio Medina
- José Jordá
- Pedro Molino
- José Ramiro Muñoz
- Sebastián Bellaspasa
- Silvestre Soler
- Maximino Arias
- José Giménez
- Felipe Garay Fides
- Ramón Oro Nadal
- José Jordá Colli
- Juan Arnau
- Juan Hernández
- Mariano Hortiz
- Ramón García
- Benito García
- Vicente Vidondo
- Manuel Ariete
- Víctor Pérez
- Vicente Boleda
- Juan Pasqual
- Jose Arques
- Pedro Cano
- Matias Ballur
- Jose Noira
- Juan Rosca
- Vicente Belto
- Jacinto Aymerich
- Salvador Borull
- Francisco López
- Matias Font
- Santiago Santos
- Agustin Luengo
- Joaquin Plana
- Andres Martes
- Matias Granjes
- Simon Martinez
- Juan Cordiolla
- Manuel Peñaa
- Jacinto Sánchez
- Cesareo Acosta
- José Marqués
- José Pérez
- José Ferrea
- Pablo Cerralbo
- Evaristo Villar
- Jaime Ribas
- Bernardo Riera
- Jesús González
- Vicente Alberto
- Dalviro Castro
- Antonio Colomino
- Sebastian Boronat
- Pedro Hernández
- Manuel Dominguez
- Antonio Manresa
- Antonio Rabasa
- Bartolomé Gómez
- Daniel García
- Paulino Fuentes
- José de San Juan
- José López
- José Sarquero
- Matías Pamies
- Marcelino Sans
- Miguel Jouva
- Julián Noriega
- Francisco Garzón
- José Solé
- Manuel Silvestre
- Herato Verdaguer
- Manuel Vidal
- Juan Alemón
- Felipe López
- Jaime Figueras
- Antonio Rodríguez
- Ramón Navas
- Francisco Farré
- Salvador Murillo
- Eusebio Samis
- Pedro Serrano
- Manuel González
- José Morales Arias
- Bartolomé Merquindo
- Manuel Benito
- Carlos Casas Valls
- José Rojas Álvarez
- Manuel Balsas
- Canuto Cruzado
- Florentino Cervera
- Patrocinio Pradas
- Ceferino Andrés
- Hermenegildo Pérez
- Andrés Cantandell
- Elías Vicedo Natario
- Severino Veija
- Francisco Serrano
- Rafael Obiol
- José Aguilar
- José Mayo
- Nemesio Herrero
- Nazario Vallbuena
- Alfredo San Pedro
- Joaquín Blasco
- Anjel Muñoz
- Antonio Hernández
- Eusebio Expósito
- José Álvarez
- Lucio Ballester
- Juan Benítez
- Manuel Arrugarena
- Vicente Gil
- Casimiro Fuertes
- Salvador Besos
- José Vives
- Francisco Ruiz
- Pascual Santalaria
- Eusebio Sánchez
- Francisco Martínez
- Benjamín García
- Lorenzo Pico
- Maximino Gil
- Guillermo Goya
- Vicente Castellanos
- Ignacio Recalde
- Juan Pérez
- José Abadal
- Lázaro Molina
- Pedro García
- Sebastián Ruiz
- Raymundo Arquiana
- Jaime Llimona
- Pedro Rodrigo
- Joaquín Lanao
- Justo Lorda
- José Sule
- José Rodríguez
- Manuel Reina
- José Fernández
- Vicente Moll
- Santos Ferrer
- Mateo Sánchez
- Rufino Fernández
- Juan Soler
- Julián Pin
- Miguel Raso
- Juan García
- Emilio Pujol
- José Emilio
- Julio de Santiago
- Buenaventura Mir
- José Cabanes
- Juan Pons
- Francisco García
- Antonio Ríos
- Cristóbal Aranda
- Felipe Torres
- Antonio Pastor
- Nemesio García
- Víctor Paños
- Mariano García
- Juan Sánchez
- Miguel Cervera
- Simón García
- Cosme Ruiz
- Ignacio Guillén
- Prudencio Manso
- José Aguilar
- Antonio Martínez
- Juan López
- Juan Quintela
- José Molfe
- Juan de Mata
- Carlos Ganañena
- José Mateo
- Mateo Lamela
- José Morales
- José Sánchez
- Florencio Martín
- Eugenio Gasdalira
- José Casanovas
- José Toruella
- Clemente Calatayud
- Blas Ugarte
- Antonio Amer
- Alejandro Gómez
- Antonio Pobell
- Manuel Serrano
- Joaquín Miralles
- Antonio Sánchez
- Ramón Fonoll
- Baltasar Delgado
- José Soliverac
- Pedro Santallo
- Juan Gallego
- Antonio Blanes
- Ignacio Sainz
- Mariano Noguera
- Andrés Llop
- Marcelino Mir
- Francisco Soto
- Antonio Arnalich
- Juan Algarra
- José Rodríguez
- Manuel Caro
- José Casals
- Magín Soler
- José Jover
- Vicente Fornés
- Andrés Díaz
- Fernando Lonio
- José Bervell
- Francisco Grau
- Francisco Contaceno
- Juan Arrarate
- Fernando Rubio
- Juan Carmona
- José Cerveró
- Alfonso Cantero
- Manuel Carmona
- Julio González
- Juan Cantijano
- Pascual Doria
- Salvador Escañez
- Juan Tabuenca
- Jenaro de la Fuente
- José Herrero
- Anjel Vidal
- Lucas Martínez
- Jenaro Cortijo
- Alfonso Castellón
- Lucas Carrasco
- Manuel García
- Laureano García
- Ángel Casado
- Manuel Fernández
- Cristóbal Aguilera
- Antonio Fernández
- Juan Bta Piñerrier (la abreviatuta «Bta» puede ser Juan Buitrago, Juan Bautista, Juan Botana o Juan Betancourt)
- Daniel Ecay
- Diego Mula
- Luis Santa María
- Manuel Santellas
- Ricardo Conde
- José Montesinos
- José García
- Lorenzo Bertrán
- José Caro
- José Pavia
- Pablo Genis
- Antonio Aguilar
- Esteban Jarque
- Pedro Garcés
- Emilio Arias
- Juan Domínguez
- Juan Mestres
- Toribio Diego
- Pedro Rius
- Francisco Barés
- José Centelles
- Asencio Gómez
- Lucio Borulla
- Mateo Reus
- Miguel Torres
- Manuel Alonso
- Damián Vidal
- Manuel Berredo
- Antonio Ros
- José Velas
- Leovigildo del Río
- Antonio García
- Juan López
- Emilio Manzano
- Ricardo Iglesias
- Antonio Tira
- Pedro Suso
- Isidoro Pérez
- Mariano García
- Lorenzo Martí
- Juan Martínez
- José Canals
- Raimundo Marten
- Juan Castells
- Antonio Juárez
- Juan Santos
- Luis Caba
- Isidro Bofill
- Daniel Gómez
- Manuel Moreno
- Modesto Vázquez
- Manuel Villagarcía
- Antonio Gordillo
- Indalecio Vilar
- Arturo Andreu
- Manuel Mesalles
- Prisco Beato
- Antonio Moreno
- Germán García
- Jaime Casanovas
- Federico Vázquez
- Bautista Buci
- Isidoro Abellaneda
- Gregorio González
- Arturo Miguel
- Juan Cuni
- Daniel Alcaraz
- Juan Raya
- José Serret
- Julián Zabala
- Ramón Peña
- Lorenzo Rodríguez
- Juan Pereiro
- Santos García
- José Vidal
- Juan Solabrano
- Juan Marto
- Fernando Fuste
- Emilio Broquetas
- Manuel Fernández
- Julián Gutiérrez
- Bartolomé Zopena
- Juan Caro
- José Velázquez
- Emilio Rodríguez
- Alfredo Puig
- Juan Suárez
- Emilio Perucho
- Manuel Rodríguez
- Antonio Puig
- José Prieto
- Francisco Espinosa
- Francisco Serrano
- Antonio Vázquez
- Juan Cruz
- Pedro Baque
- Francisco Cayneta
- Antonio Hierro
- Ángel Mixón
- Jesús Aries
- Manuel Tomás
- Miguel Armengual
- Federico Martínez
- José Corbera
- José Fosado
- Francisco Oller
- José Cremades
- Rafael Amador
- Antonio Zamuy
- José Ciurana
- Pedro Cruz
- Isidoro Bernat
- Juan Acacio
- Anjel Sabuella
- Manuel Linares
- Manuel Sala
- Francisco Celu
- Francisco Ramos
- José Díaz
- Severo Rodríguez
- Manuel Cartela
- Antonio Fernández
- Eduardo Morán
- José Meata
- Francisco Suárez
- Juan Yáñez
- Miguel Automuro
- Antonio Garea
- Manuel Piqueras
- Juan Álvarez
- Ricardo Antuña
- Mateo Martín
- Santiago Fernández
- Juan Martínez
- Melchort Vidal
- José Sánchez
- Antonio Triana
- Antonio Banaset
- Pedro Yglesias
- Antonio Tello
- Vicente Climent
- Gerónimo Pérez
- Esteban Biera
- Dionisio Expósito
- Escolástico Sánchez
- Francisco Gutierrez
- Francisco Herrada
- José Parot
- Rodolfo Roig
- José Millán
- Francisco Batista
- Nadal Pastor
- Juan Ruiz
- Tiburcio Martínez
- Ricardo Ortiz
- Francisco Silva
- Manuel Campos
- Manuel Santorio
- José Martínez
- Gerardo García
- Francisco Pujol
- Mariano Julian
- Leandro Fernández
- José Mateo
- Nicolas de Miguel
- Manuel Crespo
- Roque Gómez
- Miguel Aguilar
- Romualdo Díaz
- Robustiano Beto
- Domingo Joaquín
- Francisco Vidal
- José Gimena
- Lucas Méndez
- Bartolomé San Andreu
- Casto García
- Victoriano Bertoliu

Los nombres que aparecen en esta lista han sido copiados de las lápidas del Panteón de los Soldados de Ultramar de 1898 del Cementerio de Les Corts. En algunos casos se han añadido tildes por entender que se trata de un error, pero en general se ha respetado la ortografía original. Hemos revisado el listado varias veces, pero si se encontrara algún error se ruega dejar un comentario en este mismo artículo y lo revisaremos.
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